Visita al Presidente de la República Italiana (Palacio del Quirinal, 10 de junio de 2017)

VISITA OFICIAL DEL SANTO PADRE AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ITALIANA
S.E. EL SEÑOR SERGIO MATTARELLA

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO*

Palacio del Quirinal
Sábado 10 de junio de 2017

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Señor Presidente:

Gracias por las amables palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todo el pueblo italiano. Mi visita se inserta en el marco de las relaciones entre la Santa Sede e Italia y quiere corresponder a la que usted efectuó al Vaticano el 18 de abril de 2015, poco después de su elección al cargo más alto del Estado.

Miro a Italia con esperanza. Una esperanza enraizada en la memoria grata de los padres y abuelos, que también son los míos, porque mis raíces están en este país. Grata memoria de las generaciones que nos precedieron y que, con la ayuda de Dios, sacaron adelante los valores fundamentales: la dignidad de la persona, la familia, el trabajo ... Y estos valores se colocaron también en el centro de la Constitución republicana, que ha ofrecido y ofrece un marco de referencia estable para la vida democrática del pueblo. Una esperanza, por lo tanto, fundada en la memoria, una memoria grata.

Vivimos, sin embargo, un momento en el que Italia y Europa están llamadas a hacer frente a una serie de problemas y riesgos de naturaleza diversa, tales como el terrorismo internacional, que encuentra alimento en el fundamentalismo, el fenómeno de la migración, incrementado por las guerras y los graves y persistentes desequilibrios sociales y económicos en muchas áreas del mundo y la dificultad de las generaciones más jóvenes para encontrar un trabajo estable y digno, lo que contribuye a aumentar la desconfianza en el futuro y no favorece el nacimiento de nuevas familias y de niños.

Me alegra señalar, sin embargo, que Italia, gracias a la generosidad activa de sus ciudadanos y al compromiso de sus instituciones y apelando a sus abundantes recursos espirituales, trabaja para convertir estos retos en ocasiones de crecimiento y en nuevas oportunidades.

Prueba de ello son, entre otras cosas, la acogida de los muchos refugiados que desembarcan en sus costas, los primeros auxilios garantizados por sus naves en el Mediterráneo y el compromiso de un gran número de voluntarios, entre los que se distinguen las asociaciones y organizaciones eclesiales y la red capilar de las parroquias. Prueba de ello es también el oneroso compromiso de Italia en el ámbito internacional para promover la paz, el mantenimiento de la seguridad y la cooperación entre los estados.

También me gustaría recordar la fortaleza animada por la fe con la que la población del centro de Italia afectada por el terremoto ha vivido esa experiencia dramática, con tantos ejemplos de cooperación provechosa entre la comunidad eclesial y la civil.

La manera en que el Estado y el pueblo italiano se enfrentan a la crisis migratoria, junto con los esfuerzos realizados para ayudar debidamente a los afectados por el terremoto, son una expresión de los sentimientos y las actitudes que encuentran su fuente más auténtica en la fe cristiana que ha plasmado el carácter italiano y que, en los momentos dramáticos, brilla todavía más.

En cuanto al vasto y complejo fenómeno migratorio, es evidente que unas pocas naciones no pueden hacerse cargo enteramente del mismo, garantizando una integración ordenada de los recién llegados en su tejido social. Por esta razón, es indispensable y urgente que se desarrolle una amplia y eficaz cooperación internacional.

Entre las cuestiones que más interpelan hoy a aquellos a quienes interesa el bien común, y en particular a las autoridades públicas, los empresarios y los sindicatos, está la del trabajo. Lo he visto, no teóricamente, sino en contacto directo con las personas, los trabajadores y los desempleados, en mis visitas a Italia, incluso en la muy reciente a Génova. Reitero el llamamiento a generar y acompañar los procesos que den lugar a nuevas oportunidades de trabajo digno. El malestar juvenil, las bolsas de pobreza, las dificultades que enfrentan los jóvenes para formar una familia y tener hijos encuentran un denominador común en la insuficiencia de la oferta de trabajo, a veces tan precario o mal remunerado que no permite una planificación seria.

Se necesita una alianza de sinergias e iniciativas para que los recursos financieros se pongan al servicio de este objetivo de gran importancia y valor social y no corran en cambio el riesgo de desviarse y dispersarse en inversiones prevalentemente especulativas, que indican la falta de un plan a largo plazo, la consideración insuficiente del verdadero papel de los empresarios y, en última instancia, la debilidad y el instinto de fuga frente a los desafíos de nuestro tiempo.

El trabajo estable, junto con una política activamente comprometida en favor de la familia, primer y principal lugar donde se forman la persona-en-relación, son las condiciones del auténtico desarrollo sostenible y de un crecimiento armónico de la sociedad. Son dos pilares sobre los que se asienta la casa común y que la refuerzan para no afrontar el futuro con un espíritu resignado y temeroso, sino creativo y confiado. Las nuevas generaciones tienen el derecho de caminar hacia metas importantes y al alcance de su destino, de modo que, impulsados por ideales nobles, encuentren la fuerza y ​​el valor para hacer, a su vez, los sacrificios necesarios para alcanzar la meta, para construir una porvenir digno del ser humano, en las relaciones, en el trabajo, en la familia y en la sociedad.

Para este fin, se espera de todos aquellos que tienen responsabilidades en el ámbito político y administrativo, un trabajo paciente y humilde para el bien común, que fortalezca los vínculos entre la gente y las instituciones, porque a partir de este entretejido tenaz y de este compromiso coral se desarrolla la democracia real y se pueden resolver cuestiones que, por su complejidad, ninguno puede puede pretender resolver por sí solo.

La Iglesia en Italia es una realidad vital, unida fuertemente al alma del país, al sentir de su población. Vive sus alegrías y sus penas, y busca, según sus posibilidades, aliviar su sufrimiento, fortalecer los lazos sociales, ayudar a todos a construir el bien común. Una vez más, la Iglesia se inspira en la enseñanza de la constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, que aboga por la colaboración entre la comunidad eclesial y la comunidad política porque ambas están al servicio de los mismos seres humanos. Una enseñanza que ha sido consagrada en la revisión del Concordato de 1984, en el primer artículo del Acuerdo, donde se formula el compromiso del Estado y de la Iglesia “a la cooperación mutua para la promoción del hombre y el bien del país”

Este compromiso, con el recuerdo del principio de la distinción establecido en el artículo 7 de la Constitución, expresa y ha promovido al mismo tiempo una forma peculiar de laicidad, no hostil y conflictiva, sino amistosa y colaboradora, si bien en la rigurosa distinción de las competencias propias de las instituciones políticas por un lado y de las religiosas por el otro. Una laicidad que mi predecesor Benedicto XVI definió como “positiva”. Y no se puede dejar de observar que, gracias a ella, el estado de las relaciones de colaboración entre Iglesia y Estado en Italia sea excelente, en beneficio del individuo y de toda la comunidad nacional.

Italia tiene, además, la singular carga y honor de tener, en su propio ámbito, la sede del gobierno universal de la Iglesia Católica. Es evidente que, a pesar de las garantías ofrecidas por el Tratado de 1929, la misión del Sucesor de Pedro no estaría facilitada sin la cordial y generosa disponibilidad y cooperación del Estado italiano. Lo ha demostrado ulteriormente el Jubileo extraordinario, durante el cual tantos fieles han venido a Roma, a las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo, en el espíritu de la reconciliación y de la misericordia. A pesar de la inseguridad de los tiempos en que vivimos, las celebraciones jubilares se han desarrollado con tranquilidad y con gran provecho espiritual. La Santa Sede es plenamente consciente del esfuerzo de Italia en este sentido y se lo agradece sinceramente.

Señor Presidente: Estoy seguro de que si Italia sabrá valerse de todos sus recursos espirituales y materiales en un espíritu de colaboración entre sus diferentes componentes civiles, encontrará el camino adecuado para un desarrollo ordenado y para gobernar en forma apropiada los fenómenos y las problemáticas a las que se enfrenta. La Santa Sede y la Iglesia Católica y sus instituciones aseguran, con la distinción de funciones y responsabilidades, su colaboración activa en pro del bien común. En la Iglesia Católica y en los principios del cristianismo, que han dado forma a su historia rica y milenaria, Italia siempre encontrará a su mejor aliado para el crecimiento de la sociedad, para su concordia y su progreso verdadero.

¡Que Dios bendiga y proteja a Italia!

Palabras improvisadas dirigidas a los niños en los Jardines del Quirinal

Queridos chicos y chicas, muchas gracias por estar aquí. Muchas gracias por vuestro canto y también por vuestro valor. Seguid adelante con valor, siempre hacia arriba, hacia arriba. Subir siempre es un arte. Es verdad que en la vida hay dificultades —vosotros habéis sufrido tanto con este terremoto— , hay caídas, pero me viene en mente aquella hermosa canción que cantan los alpinos: “En el arte de salir el éxito no estriba en no caer, sino en no quedarse caído”. Siempre arriba, siempre esa palabra: “¡Levántate y arriba!” ¡Que el Señor os bendiga!”.

* Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede