Vigilantes contra la mundanidad (13 de octubre de 2017)

PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Vigilantes contra la mundanidad

Viernes 13 de octubre de 2017

Fuente:  L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 42, viernes 20 de octubre de 2017

El Papa Francisco advirtió sobre los «demonios educados», que bien camuflados proponen de forma astuta tentaciones y seducciones con las buenas maneras y terminan haciendo «posesiones de salón». A las cuales sugirió responder con «la vigilancia», que significa «oración, examen de conciencia y obras de caridad», para no caer en la «mundanidad» y merecer también el apelativo de «insensato» que san Pablo reserva a los Gálatas. De aquí la invitación —dirigida a los fieles durante la misa celebrada en Santa Marta el viernes 13 de octubre— a volver a mirar a «Cristo crucificado», dejando el papel de «cristianos tibios».

«Muchas veces Jesús en sus predicaciones nos advierte que debemos ser vigilantes, velar, quedar en espera» hizo presente el Papa en la homilía. En una ocasión, añadió, pidió vigilar «porque vosotros no conocéis la hora en la que vendrá el hijo del hombre». De hecho, «la vigilancia debe ser preparada en función de la venida del Señor». En otras ocasiones Jesús hizo esta misma recomendación «subrayando el “prepararse”: es el caso de las diez siervas, las prudentes y las que no eran prudentes, no estaban preparadas». Las primeras «tenían todo preparado, también el aceite de las lámparas»; las segundas «estaban allí a la buena, sin pensar estar preparadas».

«Vigilad», por tanto, es la sugerencia de Jesús que, «otras veces, lo hace aconsejando la oración, la vigilancia para no caer en tentación». Por ejemplo, afirmó el Pontífice, «lo dice a sus discípulos en el huerto de los Olivos: ellos se dormían por el miedo» y él les aconseja: «rezad y vigilad para no caer en tentación».

En resumen «muchas veces el Señor pide estar vigilantes», porque «el cristiano siempre está en vela, vela, está atento; tiene algo del centinela, debe estar atento». Y «hoy el Señor nos sorprende con otra vigilancia que no es fácil de entender pero es muy común», hizo notar el Papa refiriéndose al pasaje evangélico de Lucas (11, 15-26) propuesto por la liturgia.

En la práctica, explicó recurriendo al pasaje del Evangelio, Jesús «expulsa un demonio y después viene esta discusión. Algunos dijeron: “Tiene el permiso de Belcebú”, y toda esa historia; Jesús se defiende y, en la diatriba, lleva a estos al ridículo. Terminado esto, se detiene y nos dice no una parábola: en forma de parábola, pero no una parábola, nos dice una verdad. Cuando el espíritu impuro sale del hombre, camina por lugares desiertos, buscando alivio, y no encontrándolo, dice: “volveré a mi casa de donde he salido”. Al llegar, la encuentra barrida y decorada. El hombre que vive allí es libre. Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él, entran y llegan a casa. Y la última condición de ese hombre se convierte en peor que la primera. La condición de ese hombre antes de que el demonio fuera expulsado de su vida era mejor que esta».

¿Qué significan estas palabras de Jesús y cuándo suceden estas cosas? Esta es la cuestión planteada por el Pontífice en el proponer la meditación sobre el pasaje del Evangelio de Lucas. «Es una figura» explicó. El Señor «toma la figura de los demonios en el desierto, dando vueltas, sufriendo. Pensemos cuando Jesús expulsa esos demonios que se llaman “legiones” porque son muchos y ellos piden ir donde los cerdos, porque quieren dar vueltas por el desierto». Y en particular «aquí dice: “vaga por lugares desiertos buscando alivio” y después de un tiempo vuelve». Pero esta es la «sorpresa» de «volver a casa» y encontrarla «barrida, adornada: el alma de ese hombre estaba en paz con Dios y él no entra». Entonces «busca otros siete, peores que él».

«Esa palabra —peor— tiene mucha fuerza, en este pasaje» observó el Pontífice. «Y después entra», dice Lucas. Pero «¿cómo entra? Entra suavemente: llama a la puerta, pide permiso, toca el timbre, vuelve educadamente». Y «esta segunda vez son los diablos educados». Así «el hombre no se da cuenta: entran sin hacer ruido, comienzan a formar parte de la vida, con sus ideas y sus inspiraciones ayudan también a ese hombre a vivir mejor y entrar en la vida del hombre, entran en su corazón y desde dentro comienzan a cambiar a ese hombre, pero tranquilamente, sin hacer ruido».

Toda «esta forma», explicó Francisco, «es diferente del de la posesión diabólica que es fuerte: esta es una posesión diabólica un poco “de salón”, digamos». Y «es el que el diablo hace lentamente en nuestra vida para cambiar los criterios, para llevarnos a la mundanidad: se mimetiza en nuestra forma de actuar y nosotros difícilmente nos damos cuenta». Así «ese hombre, liberado por un demonio, se convierte en un hombre malo, un hombre oprimido por la mundanidad». Precisamente «esto es lo que quiere, el diablo: la mundanidad».

De hecho la mundanidad, reiteró el Papa, «es un paso adelante —me permito la palabra, entre comillas— en las “posesiones” del demonio. Me viene a la mente el adjetivo que Pablo ha dicho a los Gálatas cuando entraron por ese camino: “Insensato, o Gálatas insensatos, ¿quién os ha fascinado? ¿A vosotros, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado?».

Por tanto, afirmó el Pontífice, «es un encantamiento: es la seducción, porque» el diablo «es el padre de la seducción. Pensemos en qué hizo con Eva: comenzó hablando, suavemente, suavemente, suavemente», y «salió con su “¿quién os ha encantado?”». Pero «cuando el demonio entra así suavemente, educadamente y toma posesión de nuestras actitudes, nuestros valores van del servicio de Dios a la mundanidad». Así «somos cristianos tibios, cristianos mundanos y hacemos hacer esta mezcla, esta macedonia entre el espíritu del mundo y el espíritu de Dios». Aun así, advirtió el Papa, «no se puede vivir así: esto aleja del Señor, pero es demasiado sutil».

El punto, prosiguió Francisco, es preguntarse «cómo se hace para no caer en este y para salir de esto». La respuesta es clara: «Antes que nada retomo la palabra “vigilancia”: no asustarse, como Isaías dijo a Acaz, “vigilancia y calma”», como decir: «estate atento». Porque, explicó, «vigilar significa entender qué pasa en mi corazón, significa pararme un poco y examinar mi vida». Al respecto el Papa no dejó de proponer las preguntas para un examen de conciencia personal: «¿Soy cristiano? ¿Educo más o menos bien a mis hijos? ¿Mi vida es cristiana o es mundana? ¿Y cómo puedo entender esto?».

Para responder es necesario recurrir a la «misma receta de Pablo: mirar a Cristo crucificado». De hecho «la mundanidad se entiende donde está, y se destruye, solamente delante de la cruz del Señor». Precisamente «este es el objetivo del crucificado delante de nosotros: no es un ornamento» sino «es precisamente lo que nos salva de estos encantamientos, de estas seducciones que te llevan a la mundanidad».

Así vuelve la pregunta esencial: «¿Yo miro a Cristo crucificado? ¿Yo, a veces, hago el vía crucis para ver el precio de la salvación, el precio que nos ha salvado no solo de los pecados sino también de la mundanidad?». Y después, prosiguió, «como he dicho», es necesario «el examen de conciencia» para verificar «qué sucede, pero siempre delante del Cristo crucificado la oración». Es más, añadió el Pontífice, «nos hará bien hacerse una fractura, pero no en los huesos: una fractura a las actitudes cómodas: las obras de caridad». En resumen: «yo soy cómodo, pero haré esto que me cuesta». Por ejemplo «visitar a un enfermo, dar una ayuda a alguien que lo necesita: una obra de caridad». Y «esto rompe la armonía que trata de hacer este demonio, estos siete demonios con la cabeza, para hacer la mundanidad espiritual».

En conclusión, el Papa invitó a pensar «en estas tres cosas: Cristo crucificado nos salvará de estos demonios educados, de este resbalar lentamente hacia la mundanidad; nos salvará de la estupidez, de la seducción. El examen de conciencia nos ayudará a ver si hay estas cosas. Y las obras de caridad, esas que cuestan, nos llevarán a ser más atentos, más vigilantes para que no entren estos personajes que son astutos». Finalmente, deseó que «el Señor nos dé esta gracia y nos haga recordar el adjetivo de Pablo: “insensato”».