​Una jornada particular

2017-05-13 L’Osservatore Romano

Miles de personas han dormido en tienda de campaña, en sacos de dormir, no obstante la lluvia de los días precedentes y el frío de las noches. Llegaron de cada parte de Portugal, pero también del extranjero, algunos desde muy lejos, incluso desde Corea, China, Vietnam, Argentina y Australia, como atestiguan las banderas y estandartes. Llegaron en avión, en autobús, en automóvil, llenando hoteles, pensiones y casas de acogida. 

Muchos de ellos –más de cuarenta mil– no renunciaron a recorrer a pie, con la mochila, los largos caminos de peregrinos del pasado. Entre ellos dos mil jóvenes llegados desde Lisboa y otros quinientos de Porto, las mayores ciudades del país. Lo importante era estar. Porque el de hoy,13 de mayo, es un día especial aquí en Fátima: se cumplen cien años desde la primera aparición de la Virgen del Rosario: en Cova da Iria. Y porque hoy el Papa Francisco canoniza a los pastorinhos Francisco y Jacinta Marto, los dos hermanitos que con su prima Lucía dos Santos fueron elegidos para esa revelación destinada a dejar un signo indeleble en la historia de la Iglesia y no solo.

Y así cuando desde el palco preparado en el atrio de la basílica santuario, bajo un cielo azul, apenas cubierto por alguna nube, acogiendo la petición de monseñor Antonio Marto, obispo di Leiria-Fátima, el Pontífice lee la fórmula con la cual inscribe los nombres de los dos niños del elenco de los santos, el largo aplauso que llena la gran explanada y las calles adyacentes, se eleva de una masa inmensa, al menos medio millón de personas. Es un gracias sincero y conmovido del pueblo que con alegría acoge la oficialización de una santidad ya reconocida por la fe sencilla de la multitud de personas que desde hace un siglo ininterrumpidamente llegan de todos los lugares para venerar a la Virgen y rendir homenaje a sus testigos y mensajeros. Un acto acaecido 17 años después de la beatificación celebrada, siempre aquí, y en el mismo día por Juan Pablo II durante el Jubileo del 2000.

De nuestro enviado Gaetano Vallini