Una agenda para el futuro

2017-11-30 L’Osservatore Romano

El diálogo como antídoto al “escándalo” de la violencia fundamentalista; la libertad para la Iglesia católica que aunque minoritaria tiene un papel en el desarrollo del país en el campo sanitario y educativo; el llamamiento a la comunidad internacional para que sostenga a Bangladés en su impulso humanitario a favor de los refugiados del estado de Rakhine. Es la agenda dictada por el Papa en el momento de su llegada a Daca la tarde del jueves 30 de noviembre, para la última etapa de su viaje en Asia.

Confortado también por las palabras del presidente de la República, Abdul Hamid, que aseguró tolerancia cero contra el terrorismo, Francisco ilustró a las autoridades políticas y religiosas, al cuerpo diplomático acreditado y a los representantes de la sociedad civil los temas que pretende afrontar durante su permanencia en la capital de uno de los países con la mayor densidad de población del mundo y entre los diez más poblados del planeta, con sus 160 millones de habitantes en un espacio que es la mitad de Italia.

Ciudad caótica, en la que viven 16 millones de personas, Daca es la capital del que desde 2015 es un país en vías de desarrollo, aunque el camino por recorres es todavía largo. Aquí casi un tercio de los bangladesíes vive bajo el umbral de la pobreza, en un orden socio-económico atrasado en un territorio doblegado cada año por ciclones e inundaciones. Y si bien sobreviven detalles de un pasado lujoso, como el palacio rosa Ahsan Manzil y la antigua mezquita Hussain Dalan, rodavía la urbanización agreste confiere a la ciudad el aspecto de un enorme aglomerado de chabolas y edificios antiguos, en los que la contaminación y la congestión mandan.

En definitiva, la metrópolis refleja en sí todas las contradicciones del país: desde la futurista ciudad de Bashundara, el área económica de reciente desarrollo, hasta los barrios pobres donde los vendedores ambulantes y transportistas de rickshaw en medio de las calles, mientras a la luz de los neones se consumen las manos los esclavos de la industria textil orientada a la exportación al rico mundo occidental. Y sin embargo, la economía está en crecimiento y se registra una discreta tasa de alfabetización. Las empresas de alta tecnología hacen de Bangladés uno de los mayores centros comerciales del sudeste asiático. Todavía el país es prevalentemente agrícola, sector que involucra al 60% de la mano de obra. Y gracias a los suelos aluviales del delta fluvial más grande del mundo -el golfo de Bengala- ha triplicado la producción alimentaria y es el décimo productor mundial de te, aunque los jornaleros reciben como paga un dólar al día.

Permanece el hecho de que hoy 48 millones de bangladesíes (casi un cuarto de la población) continúan viviendo bajo el umbral de la pobreza y con alto riesgo de inseguridad alimentaria. Una mano llegará de los ocho millones de emigrantes, que aquí llaman probashi, literalmente “habitantes de fuera”. Una décima parte del producto interior bruto nacional deriva de sus remesas, que representan una fuente de sustento vital para las familias que se han quedado en la patria.

Francisco es el tercer Pontífice que toca el suelo de Daca, después de Pablo VI, que en la medianoche del 26 de noviembre de 1970 permaneció durante una hora en el aeropuerto de la ciudad, entonces perteneciente a Pakistán, para llevar cercanía, oración y ayuda caritativa a las víctimas de una gravísima inundación; y después Juan Pablo II llegó el 19 de noviembre de 1986 para una visita que tuvo como tema principal pastoral «comunión y hermandad». Treinta y un años después las cuatro diócesis de entonces las cuatro diócesis de entonces se han duplicado, así como han aumentado bautizos, los sacerdotes, los consagrados y los obispos autóctonos.

Tan pronto como aterrizó, a través de un camino desconectado y polvoriento, salpicado de construcciones derruidas y chimeneas humeantes de centenares de fábricas de ladrillos de arcilla, en automóvil Francisco llegó al Memorial de los Mártires de Savar. Erigido en memoria de las víctimas de la guerra de 1971 por la independencia del país, en un oasis de verde y de paz. Al moderno edificio de forma piramidal lleva un recorrido que serpentea a varios niveles, pasando también por un pequeño lago. El Papa fue acogido por las autoridades civiles que lo acompañaron a la base del monumento, donde, escoltado por dos militares en uniforme de camuflaje, depositó una corona de flores con los colores nacionales, el verde y el rojo. Un sonido de trompeta y la bandera izada a media hasta en señal de luto precedieron el solemne momento, que se desarrolló en silencioso recogimiento. Después el Pontífice firmó el libro de honor. «Recordando a todos los que dieron la propia vida cuando nació la nación, pueda el pueblo de Bangladés trabajar incansablemente por la justicia y el bien común», dejó escrito Francisco, antes de plantar un árbol en el jardín de la paz.

La etapa sucesiva de este itinerario en los lugares símbolo de la identidad de Bangladés, entre imponentes medidas de seguridad, fue el homenaje al padre de la nación, Sheikh Mujibur Rahaman: el Papa depositó una corona de flores en el mausoleo erigido en la casa donde el primer jefe del gobierno independiente fue asesinado en 1975 con 31 de sus familiares. Solo dos hijos escaparon de la masacre, porque estaban de visita en Europa: una de ellas, desde 1996 hasta 2001 fue primera ministra y aún lo es desde 2009. En medio a los muros todavía acribillados por los proyectiles de la matanza, raras fotografías de Bangabandhu, el “amigo del Bengala” y una ampliación de una fotografía suya como un mosaico. Francisco rezó en silencio y firmó el libro de honor: «Pueda el omnipotente asegurar el eterno reposo a Sheikh Mujibur Rahaman y a todos aquellos que han muerto -escribió en inglés- y conceder a Bangladés unidad y paz duradera».

Al final, en coche, el Pontífice llegó al palacio presidencial para la visita de cortesía al jefe de estado, Abdul Hamid. De estilo moghul, que mezcla arquitecturas islámicas e indias, el edificio fue dañado por una tormenta en 1961. pero el lugar tiene una historia aún más remota: aquí, de hecho, vivió y fue asesinado con sus discípulos el santo sifí Hazrat Shal Jalal Dakhini. La cúpula de su sepultura es todavía hoy visible.

Acogido en la entrada por el secretario militar del presidente, el Papa fue acompañado en presencia de la máxima autoridad del país. En el Despacho Presidencial se desarrolló el coloquio privado, seguido de la presentación de la familia de Hamid -de la consorte Rashida ha tenido cuatro hijos- y del intercambio de regalos. La reproducción de una carta geográfica de Tolomeo que representa el Asia del golfo de Bengala, realizada por la Biblioteca apostólica vaticana fue lo ofrecido por Francisco, que en el libro de honor dejó escrito, también en inglés: «Pueda el omnipotente bendecir a todo el amado pueblo de Bangladés con los regalos de la paz y de la alegría».

Al finalizar, el jefe de estado y el Pontífice alcanzaron en salón vecino, para pronunciar sus discursos -el papal, en italiano fue retransmitido en las pantallas con una traducción en inglés- sellando el encuentro con un cordial saludo. A bordo de una berlina azul, el Pontífice volvió a la nunciatura, su residencia en Bangladés, en el barrio diplomático de Baridhara.

de nuestro enviado Gianluca Biccini