Tres grupos de fariseos (17 de octubre de 2017)

PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Tres grupos de fariseos

Martes 17 de octubre de 2017

Fuente:  L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 42, viernes 20 de octubre de 2017

El «camino de la necedad lleva a la corrupción»: es la enseñanza que el Papa tomó de las lecturas litúrgicas al celebrar el martes, 17 de octubre la misa matutina en Santa Marta. Francisco comenzó señalando que «en la liturgia de la palabra de hoy dos veces se dice la palabra “insensato”. La dice Jesús a los doctores de la ley, a algunos fariseos (Lucas 11, 37-41); y la dice Pablo a los paganos: “jactándose de sabios, se volvieron estúpidos” (Romanos 1, 16-25)». A estos Francisco quiso añadir un tercer caso: Pablo se lo dijo también a los Gálatas, al definirlos como «“insensatos” porque se dejaron engañar, encantar por las nuevas ideas». En consecuencia, «esta palabra dicha a los doctores de la ley, dicha a los paganos y dicha a los cristianos que se dejan encantar por las ideologías, es una condena». O mejor, aclaró el Papa, «más que una condena, es una señal porque deja ver el camino de la insensatez: lleva a la corrupción».

Al respecto, el Pontífice individuó «tres grupos de insensatos» que «son corruptos». En primer lugar los doctores de la ley y los fariseos, a los que «Jesús había dicho: “Parecéis sepulcros encalados”: por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre. Corruptos». En segundo lugar, los paganos, los acusados «por Pablo en la lectura de hoy» de haberse «convertido en insensatos», habiendo «cambiado la gloria de Dios incorruptible por una imagen y una figura de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos... Por eso Dios los ha abandonado a la indecencia, según los deseos de su corazón».

En definitiva, también en este caso «existe corrupción», precisamente como aquellos doctores de la ley citados anteriormente que «se vuelven corruptos por resaltar solo la apariencia y no aquello que está dentro. Corruptos de la vanidad, del parecer, de la belleza exterior, de la justicia exterior. Se han vuelto corruptos porque se preocupaban solo de limpiar, de embellecer el exterior de las cosas, no iban dentro: dentro está la corrupción. Como en los sepulcros». Por lo tanto, continuó el Papa con el paralelismo, «estos paganos se volvieron corruptos porque cambiaron la gloria de Dios, que habrían podido conocer por la razón, por los ídolos: la corrupción de la idolatría, de tantas idolatrías». Y, advirtió al respecto Francisco, «no solo las idolatrías de los tiempos antiguos, también la idolatría del hoy: la idolatría, por ejemplo, del consumismo; la idolatría de buscar un dios cómodo».

Al final, el tercer caso, el de los Gálatas, «a los que Pablo dice lo mismo», siendo «sobornados por las ideologías: dejan de ser cristianos para convertirse en ideólogos del cristianismo». En definitiva, es la conclusión del Pontífice, «todas las tres» categorías «terminan en la corrupción, por esta insensatez».

Desde aquí, la invitación a preguntarse: «¿Qué es esta insensatez?». Y la primera respuesta del Papa es que «es un no escuchar; literalmente se puede decir un “necio”, “no sé”, no escuchar. La incapacidad de escuchar esta Palabra: cuando la Palabra no entra, no la dejo entrar porque no la escucho. El insensato no escucha. Él cree que escucha, pero no escucha. Está a lo suyo, siempre. Y por esto la palabra de Dios no puede entrar en el corazón y no hay lugar para el amor». O al límite, y es este un caso bastante común, la palabra «si entra, entra destilada, transformada por mi concepción de la realidad».

Por lo tanto, continuó con el razonamiento Francisco, «los insensatos no saben escuchar. Y esta sordera les lleva a esa corrupción. No entra en la palabra de Dios, no hay lugar para el amor y en definitiva, no hay lugar para la libertad». Y sobre este aspecto «Pablo es claro: se convierten en esclavos. “Por eso Dios los ha abandonado a la indecencia según los deseos de su corazón hasta deshonrar sus propios cuerpos”. ¿Por qué? Porque cambiaron la verdad de Dios por la mentira y adoraron y sirvieron a criaturas en lugar de al Creador. No son libres y el no escuchar, esta sordera, no deja lugar al amor ni a la libertad: siempre lleva a una esclavitud». Sería, por lo tanto, oportuno preguntarse, sugirió el Papa: «¿Escucho yo la palabra de Dios? ¿La dejo entrar? Esta palabra, de la que hemos escuchado cantando el Aleluya, la palabra de Dios está viva, es eficaz, discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón. Corta, va dentro. ¿Dejo entrar a esta palabra o soy sordo con esta palabra? ¿La transformo en apariencia, la transformo en idolatría, costumbres idólatras o la transformo en ideología? Y no entra». Porque, advirtió el Pontífice, «esta es la insensatez de los cristianos».

En definitiva, Francisco instó a dar otro paso, o «así como los iconos de los santos nos hacen tanto bien», se debería «mirar a los iconos de los insensatos de hoy». Y, aseguró «hay» muchos.

«Hay cristianos insensatos y también pastores insensatos»: aquellos que, recordó el Papa, «san Agustín “apalea” bien, con fuerza. Porque la insensatez de los pastores hace mal al rebaño: tanto la insensatez del pastor corrupto, como la insensatez del pastor satisfecho de sí mismo, pagano, como la insensatez del pastor ideólogo».

He ahí entonces la consigna concluyente del Pontífice: «Miremos el icono de los cristianos insensatos, y junto a esta insensatez miremos al Señor, que siempre está en la puerta: llama a la puerta y espera».

Prácticamente se trata de pensar «en la nostalgia del Señor, cuando recuerda los buenos tiempos: “Me acuerdo de ti y del tiempo de tu juventud, del tiempo del amor, de tu compromiso, cuando me seguías en el desierto, en las tierras sin sembrar”. Aquella nostalgia de Dios, del primer amor que ha tenido con nosotros».

De hecho, «si nosotros caemos en esta insensatez y nos alejamos, él experimenta esta nostalgia. Nostalgia de nosotros». Hasta el punto que «Jesús con esta nostalgia llora, lloró por Jerusalén: era la nostalgia de un pueblo que él había elegido, había amado, pero que se había alejado por insensatez; había preferido las apariencias, los ídolos o las ideologías».