Raíces secas (28 de marzo de 2017)

PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Raíces secas

Martes 28 de marzo de 2017

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 13, viernes 31 de marzo de 2017

Hay un pecado que «paraliza» el corazón del hombre, lo hace «vivir en la tristeza» y le hace «olvidar la alegría». Se trata de la «pereza», esa actitud que lleva a las personas a ser como árboles de «raíces secas» y a «no tener ganas de ir adelante». Para ellos la palabra de Jesús es como una descarga: «¡levántate!», toma tu vida en tus manos y «¡ve adelante!». Son las palabras que el Papa repitió en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta en la mañana del martes 28 de marzo. Toda la meditación del Pontífice, siguiendo la liturgia del día, fue acompañada por uno de los símbolos más importantes y recurrentes en la Biblia, el del agua. En la primera lectura, de hecho, Ezequiel, (47, 1-9.12) «nos habla del agua, de un agua que salía del templo de Dios, el agua de Dios, un agua bendecida». Se trata, especificó el Papa, de «un torrente de agua, mucha agua». Un agua «resanadora». El profeta describe «muchos árboles verdes, bonitos» que crecían «cerca de esa agua»: son claramente un símbolo para representar «la gracia, el amor, la bendición de Dios». Estos árboles de hecho «eran verdes, bonitos, no estaban secos». Y si se combinan estas palabras a las del salmo 1 —«beato el justo porque será como un árbol plantado junto a corrientes de agua»— se comprende inmediatamente la simbología aplicada a la «persona justa y buena».

También en el Evangelio de Juan (5, 1-16), observó el Pontífice, se encuentra el agua. Es la de la piscina de Betesda, una piscina «con cinco pórticos bajo los cuales yacía un gran número de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos». La tradición, explicó Francisco, quería que de vez en cuando bajara del cielo un ángel a mover las aguas y que las primeras personas que en ese momento entraban en el agua se sanaban. Por tanto esta gente estaba siempre esperando, «pidiendo la sanación».

Entre ellos había un paralítico que estaba allí desde hacía treinta y ocho años. Y Jesús, «que conocía el corazón del hombre» y sabía que desde hacía mucho tiempo estaba en esas condiciones, «le dijo: “¿quieres sanarte?”». En primer lugar, observó el Papa, es necesario señalar qué «bonito» es que Jesús diga al paralítico y, a través de él, también a los hombres de nuestro tiempo: «¿quieres sanarte? ¿Quieres ser feliz? ¿Quieres mejorar tu vida? ¿Quieres estar lleno de Espíritu Santo? ¿Quieres sanarte?».

Frente a una pregunta de este tipo, continuó Francisco, «todos los otros que estaban allí, enfermos, ciegos, cojos, paralíticos habrían dicho: “¡sí, Señor, sí!”». Sin embargo este parece precisamente «un hombre extraño» y «responde a Jesús: “Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua se agita; mientras voy otro baja antes que yo”». Su respuesta, es decir, «es una queja: “Pero mira, Señor, qué fea, qué injusta es la vida conmigo. Todos los otros pueden ir y sanar y yo desde hace treinta y ocho años lo intento pero...”».

Explicó el Pontífice: «Este hombre era como el árbol, estaba cerca del agua pero tenía las raíces secas, tenía las raíces secas y esas raíces no llegaban al agua, no podía tomar la salud del agua». Una realidad que «se entiende de la actitud, de las quejas» y de su buscar siempre «culpar a otro: “pero son los otros que van antes que yo, yo soy un pobrecillo aquí desde hace treinta y ocho años...”».

Aparece aquí bien descrito «el pecado de la pereza», un «pecado feo». Este hombre, dijo el Papa, «estaba enfermo pero no tanto de la parálisis sino de la pereza, que es peor que tener el corazón tibio, peor todavía». La pereza, continuó, es ese vivir por vivir, es ese «no tener ganas de ir adelante, no tener ganas de hacer algo en la vida»: es el «haber perdido la memoria de la alegría». Es más, «este hombre ni siquiera de nombre conocía la alegría, la había perdido».

Se trata, reiteró el Pontífice, de una «enfermedad fea», que lleva a esconderse detrás de justificaciones como: «Pero estoy cómodo así, me he acostumbrado... Pero la vida ha sido injusta conmigo...». Así detrás de las palabras del paralítico, «se ve el resentimiento, la amargura de ese corazón». Y también «Jesús no lo regaña», le mira y le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y ese hombre toma la camilla y se va.

El pasaje evangélico continúa especificando que el hecho sucede en sábado y que el hombre se encontró con los doctores de la ley que le objetaron: «Pero no, no es lícito, porque el código dice que el sábado no se puede hacer esto... ¿y quién te ha sanado?». Refiriéndose a Jesús continuaban: «No, eso no, porque va contra la ley, no es de Dios ese hombre». Frente a esa escena el Papa trazó un breve perfil de ese hombre, una persona que «no sabía cómo salir adelante en la vida» y que a Jesús «ni siquiera le dijo “gracias”». Ni siquiera le había preguntado el nombre. El hombre simplemente se «levantó con esa pereza» que lo caracterizaba y se fue. Un hecho que hace aparecer una vez más cuánto la pereza es «un pecado feo».

Este pecado, explicó el Papa, puede afectar a cada hombre: es «vivir porque es gratis el oxígeno, el aire», es «vivir siempre mirando a los otros que son más felices que yo, vivir en la tristeza, olvidar la alegría». Es, en resumen, «un pecado que paraliza, nos hace paralíticos. No nos deja caminar».

Y también a nosotros Jesús hoy nos dice: «Levántate, toma tu vida como es, bonita, fea, como sea, tómala y ve adelante. No tengas miedo, ve adelante con tu camilla — “Pero, Señor, no es el último modelo...” — ¡Pero ve adelante! ¡Con esa camilla fea, quizá, pero ve adelante! Es tu vida, es tu alegría».

La primera pregunta que el Señor plante a todos, hoy, es por tanto: «¿quieres sanar?». Y si la respuesta es «Sí, Señor», Jesús exhorta: «¡Levántate!». Por eso, concluyó el Pontífice haciendo referencia a la antífona de la misa («Vosotros que tenéis sed venid a las aguas — son aguas gratis, no de pago — os saciaréis con alegría») si «nosotros decimos al Señor: “Sí, quiero sanarme. Sí, Señor, ayúdame que quiero levantarme”, sabremos cómo es la alegría de la salvación».