Pueblo descartado (13 de diciembre de 2016)

PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Pueblo descartado

Martes 13 de diciembre de 2016

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 50, viernes 16 de diciembre de 2016

El clericalismo en la Iglesia es un mal de raíces antiguas y que tiene siempre como víctima «al pueblo pobre y humilde»: no por casualidad también hoy el Señor repite a los «intelectuales de la religión» que pecadores y prostitutas les precederán en el reino de los cielos. Es un verdadero examen de conciencia el propuesto por el Papa Francisco en la misa celebrada el martes, 13 de diciembre, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta. Recordando el pasaje evangélico de Mateo (21, 28—32) presentado en la liturgia, el Pontífice ha subrayado que «Jesús se dirige a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo y eso quiere decir a los que tenían la autoridad, la autoridad jurídica, la autoridad moral, la autoridad religiosa: todo». Él «habla claro» a los «que decidían todo: pensemos en Anás y Caifás, que han juzgado a Jesús, o a esa palabra de Caifás: es más ventajoso para nosotros que muera un hombre por el pueblo y que no se estropee la nación entera». En resumen, afirmó el Papa, «ellos decidían todo, también tomaron la decisión de matar a Lázaro, porque era un testimonio que no era conveniente para sus intereses». Eran «hombres de poder» y «a ellos se dirigió Judas, para negociar: “¿Cuánto me dais si os lo traigo?”». Exactamente «así fue vendido Jesús». Y ellos «eran los sacerdotes, los jefes».

Estas personas, explicó Francisco, «habían llegado a este estado de prepotencia, incluso de tiranía hacia el pueblo, instrumentalizando la ley»; pero «una ley que ellos rehicieron muchas veces hasta llegar incluso a quinientos mandamientos: todo estaba regulado, ¡todo!». Era «una ley científicamente construida, porque esta gente estaba capacitada, conocía bien, le daban muchos matices». Pero, hizo notar el Pontífice, «era una ley sin memoria: habían olvidado el primer mandamiento que Dios dio a nuestro padre Abraham: camina en mi presencia y sé irreprensible». En cambio «ellos no caminaban: siempre estuvieron firmes en sus propias convicciones y no eran irreprensibles».

Además, prosiguió el Papa, «no tenían memoria porque habían olvidado incluso los diez mandamientos de Moisés». El cual «había dado los mandamientos, pero con esta construcción de la ley intelectualista, sofisticada, casuística, olvidaban la ley de Moisés». Así «esta ley se volvió como un becerro de oro —otro becerro de oro— en lugar de la ley de Moisés». Por ejemplo, explicó Francisco, «el cuarto mandamiento —uno de los más bonitos, si no el más bonito— y el único que dice que habrá un premio: honra, cuida de tus padres». Y sin embargo se podría llegar a decir: «Pero si los padres tienen necesidad y yo he hecho un voto y he dado mi dinero al templo, lo siento queridísimos padres, allá vosotros». Y es así que «cancelan con la ley hecha por ellos, la ley hecha por el Señor: falta esa memoria que une el hoy con el origen, con la revelación».

«Jesús fue víctima de estos —afirmó el Pontífice— pero la víctima de todos los días era el pueblo humilde y pobre, del cual nos habla hoy Sofonías: dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y en el nombre de Yahveh se cobijará el Resto de Israel» (3, 1-2. 9-13). Entonces, prosiguió, «es como decir, un poco más fuerte, los que han sido descartados por vosotros, los que tienen fe en el Señor y viven de esta fe». Jesús «les dice: el problema no es cumplir la ley, el problema es arrepentirse», añadió Francisco.

Refiriéndose una vez más al evangelio de Mateo, el Papa explicó que es precisamente el caso del primero de los dos hijos enviados por el padre a trabajar a la viña: inicialmente dice que no, «pero después se arrepintió y fue». Efectivamente, prosiguió, «ellos no sabían qué era arrepentirse, porque se sentían perfectos: “te doy las gracias Señor porque no soy como los demás, ni como el que está rezando ahí”». De hecho «eran vanidosos, orgullosos, soberbios, y mientras la víctima es el pueblo», que «sufría estas injusticias, se sentía condenado por ellos, abusado por ellos: el pueblo, humilde y pobre, descartado».

«Esta —afirmó Francisco— será la promesa. Un pueblo que sabe arrepentirse, que se reconoce pecador, es como un descarte de esta gente». Y añadió, «a mí me gusta pensar en Judas». Sin duda «Judas fue un traidor, pecó demasiado, pecó gravemente». Pero «después el Evangelio dice que, arrepentido, fue a ellos a devolverles las monedas». Y ellos intentaron tranquilizarle diciendo: «Tú has sido nuestro socio, nosotros tenemos el poder de perdonarte todo». Él rechaza y ellos le responden que allá él, que el problema es suyo. Así «le han dejado solo, descartado: el pobre Judas traidor y arrepentido no ha sido acogido por los pastores, porque estos habían olvidado qué era un pastor». Eran «los intelectuales de la religión, los que tenían el poder, que llevaban adelante la catequesis del pueblo con una moral hecha por su inteligencia y no por la revelación de Dios».

Es «feo», añadió Francisco, el hecho que «este pueblo humilde y pobre» venga «descartado por esta gente que se alejaron de Él» y «que les apaleaban». Claro, añadió el Papa, «alguno de vosotros puede decirme: “gracias a Dios estas cosas han pasado”. No, queridos míos, también hoy —¡también hoy!— los hay en la Iglesia. ¡Y esto duele mucho!».

Efectivamente, afirmó, «hay ese espíritu de clericalismo en la Iglesia, que se siente: los clérigos se sienten superiores, los clérigos se alejan de la gente, los clérigos dicen siempre: “esto se hace así, así, así, y ¡vosotros iros!”». Ocurre «cuando el clérigo no tiene tiempo para escuchar a los que sufren, a los pobres, a los enfermos, a los reclusos: el mal del clericalismo es una cosa muy fea, es una edición nueva de este mal antiguo». Pero «la víctima es la misma: el pueblo pobre y humilde, que confía en el Señor».

«El Padre —concluyó el Papa— siempre ha intentado acercarse a nosotros, envió a su Hijo. Estamos esperando, esperando en espera alegre, exultantes. Pero el Hijo no entró en el juego de esta gente: el Hijo se fue con los enfermos, los pobres, los descartados, los publicanos, los pecadores y —es escandaloso— las prostitutas». Pero «también hoy Jesús nos dice a todos nosotros y a los que son seducidos por el clericalismo: “los pecadores y las prostitutas os precederán en el reino de los cielos”».