Para implorar la paz- El Papa peregrino en el santuario de Fátima proclama santos a Francisco y Jacinta Marto

2017-05-13 L’Osservatore Romano

Llegó a Fátima como «peregrino de la paz». Y para implorar «la concordia entre todos los pueblos» rezó mucho tiempo en silencio delante de la estatua de la Virgen que hace cien años, en Cova de Iria, se apareció a los hermanos Francisco y Jacinta Marto, dos pastorcillos que junto a la prima Lucía estaban pastando sus ovejas. La peregrinación del Papa en la ciudad portuguesa comenzó el viernes 12 de mayo con la invocación a la «Señora del corazón inmaculado», en la capilla de las apariciones que se ubica junto al santuario. Y precisamente en el día de la primera manifestación mariana — que tuvo lugar el 13 mayo 1917 — se concluyó con la canonización de dos niños, fallecidos muy jóvenes entre 1919 y 1920 y beatificados por Juan Pablo II en el 2000.

A La Virgen del rosario el Pontífice quiso confiar «los dolores de la familia humana que gime y llora en este valle de lágrimas» sobre todo a causa de las «guerras que destruyen el mundo en que vivimos». Y presidiendo en la tarde del viernes la impresionante ceremonia de la bendición de las velas, marcada por la recitación de la corona mariana, recordó que el encomendarse a María no es algo que conviene «para recibir favores a bajo precio» sino signo de renovada confianza «en la fuerza revolucionaria de la ternura y del afecto». Porque en Ella, explicó, «vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes».

A esta confianza el Papa invitó también a los muchísimos fieles — más de medio millón — que participaron el sábado por la mañana en la canonización de los dos pastorinhos en la explanada del santuario. De la Virgen de hecho, aseguró, «vendrá la esperanza y la paz que necesitan» los hombres y que, añadió, «yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados».

Y precisamente a los que sufren Francisco dedicó el último saludo pronunciado al final de la misa. «Sentíos partícipes a pleno título de la vida y misión de la Iglesia» dijo dirigiéndose a los numerosos enfermos presentes e invitándoles a no avergonzarse «de ser un precioso tesoro para la Iglesia». Después de la comida con los obispos del país, el Papa llegó a la base aérea de Monte Real, para el viaje de regreso a Roma.