Misa en Santa Marta -Tres dones de Dios

2017-11-06 L’Osservatore Romano

Es dejándose «misericordiar» por Dios que se pueden hacer propios sus «dones irrevocables: la elección, la promesa y la alianza». Lo afirmó el Papa, confiando que ve, de forma particular, estas tres realidades «cada vez que vienen a mí novios para que les bendiga los anillos: la elección —se eligen mutuamente—, la promesa de llevar la vida adelante juntos y la alianza». Y precisamente «por esto el matrimonio está entre las figuras más perfectas del don de Dios». Este es el hilo conductor de la meditación que Francisco, invitando a todos a un examen de conciencia, propuso el lunes por la mañana 6 de noviembre durante la misa celebrada en Santa Marta.

«En este pasaje de la carta a los Romanos —hizo notar enseguida el Pontífice haciendo referencia al episodio (11, 29-36) propuesto por la liturgia— Pablo está terminando su reflexión sobre la elección de Dios a los israelitas y sobre la elección a los gentiles: es toda una argumentación teológica que Pablo debe hacer para convencer que los dos son elegidos, han sido elegidos». Y «termina con esta frase, fuerte: “los dones y la vocación de Dios son irrevocables». Como diciendo «cuando Dios da un don, este don es irrevocable: no lo da hoy y lo quita mañana» y «cuando Dios llama, esta llamada permanece toda la vida».

«Han sido tres en la historia de la salvación —explicó el Pontífice— los dones, las llamadas de Dios a su pueblo: la elección, la promesa y la alianza, es decir el don de la elección, el don de la promesa y el don de la alianza».

«El Pueblo de Dios es un pueblo elegido» afirmó Francisco, recordando que «es precisamente el Señor quien elije a Abraham —el primer elegido— y lo lleva adelante con una promesa y hace con él y con sus sucesores una alianza». Y «es precisamente el Señor quien continúa subrayando, reforzando la elección». De hecho, prosiguió el Papa, «en el ciclo de Abraham, en el Génesis, cuántas veces el Señor dice: “sí, yo te he elegido”, y cuántas veces subraya y repite la promesa: “yo te daré un hijo, pero no este, otro” — “¿Pero a los noventa años?” – “¡A los noventa años!”».

Esta es «la promesa», hizo presente Francisco remarcando el hecho de que «el Señor continuamente celebra la alianza, esa alianza sellada por él desde el principio». Y «esta es la historia de la salvación», explicó el Papa, «pero el Señor nunca, nunca vuelve atrás». Por tanto «estos dones de la elección, de la promesa y de la alianza son irrevocables: para el Pueblo de Dios, para la Iglesia y también para cada uno de nosotros». Porque, aseguró el Pontífice, «cada uno de nosotros ha sido elegido; cada uno de nosotros es un elegido, una elegida de Dios; cada uno de nosotros lleva una promesa que el Señor ha hecho: “Camina en mi presencia, sé irreprensible y yo te haré esto”».

Y todavía, añadió Francisco, «cada uno de nosotros hace las alianzas con el Señor». En realidad, precisó el Papa, estas alianzas con el Señor «puede hacerla, no quiere hacerla: es libre. Y esto es un hecho».

En esta perspectiva, afirmó el Pontífice, es oportuno que cada uno se plantee una pregunta: «¿Cómo siento yo la elección: me siento cristiano por casualidad? ¿Cómo vivo yo la promesa, una promesa de salvación en mi camino? ¿y cómo soy fiel a la alianza, cómo Él es fiel?». Porque, explicó Francisco, «Él es fiel» y por esta razón «los dones y la llamada son irrevocables: Él no puede renegarse a sí mismo, Él es la fidelidad misma».

Por tanto, teniendo en cuenta esa verdad, el Pontífice sugirió algunas preguntas para plantearse a uno mismo: «¿Me siento elegido por Dios? ¿Siento la caricia de Dios en mi corazón? ¿Siento que Dios me ama? ¿Y me cuida? ¿Y cuando me alejo Él va a buscarme?». Puede ser de ayuda, afirmó, pensar «en la parábola de la oveja perdida, por ejemplo: el Señor que va y las promesas que ha hecho y las alianzas».

Así, confió Francisco, «cada vez que vienen donde mí los novios para que les bendiga sus anillos, veo ahí, en ese gesto, estas tres cosas: la elección —se eligen mutuamente—, la promesa de llevar la vida adelante juntos y la alianza». Precisamente «por esto el matrimonio está entre las figuras más perfectas del don de Dios.

En las sucesivas «cuatro líneas» de la carta a los Romanos el apóstol Pablo, «después de haber explicado esto, durante cuatro veces» repite «las palabras “desobediencia” y “misericordia”: hay una tensión entre las dos, donde está la desobediencia, ha habido misericordia». Pablo lo repite «cuatro veces: eso quiere decir que en el camino de la elección hacia la promesa y la alianza habrá pecados, habrá desobediencia, pero delante de está desobediencia está siempre la misericordia».

«Y —explicó el Pontífice— como la dinámica de nuestro caminar hacia la madurez: está siempre la misericordia, porque Él es fiel, Él no revoca nunca sus dones». Y esto «está unido: los dones son irrevocables porque delante de nuestras debilidades, de nuestros pecados está siempre la misericordia y cuando Pablo llega a esta reflexión da un paso más: no de explicación a nosotros, sino de adoración».

«¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! Qué insondables son tus juicios e inaccesibles sus caminos!» escribe el apóstol a los Romanos. Palabras que son «un acto de adoración, de alabanza: él se arrodilla delante de este misterio de la desobediencia y de la misericordia y nos hace libres y delante de esta belleza de los dones irrevocables como son la elección, la promesa y la alianza». Y «esta es la argumentación de Pablo: cuando no puede ir adelante con la cabeza, porque ha explicado todo, Pablo se arrodilla y adora». Él «adora en silencio».

«Pienso que puede hacernos bien, a todos nosotros —sugirió el Papa— pensar hoy en nuestra elección, en las promesas que el Señor nos ha hecho y en cómo vivo yo la alianza con el Señor». Pero también, prosiguió, en «cómo me dejo —permitidme la palabra— “misericordiar” por el Señor, delante de mis pecados, mis desobediencias». Y «al final, si yo soy capaz como Pablo de alabar a Dios por esto que me ha dado, a cada uno de nosotros: alabar y hacer este acto de adoración». Concluyendo la homilía, Francisco invitó a «no olvidar nunca» que «los dones y la llamada de Dios son irrevocables: Él es “el fiel”».