Mensaje de esperanza- En las apariciones de Fátima

2017-03-15 L’Osservatore Romano

El 15 de marzo, en la embajada de Portugal ante la Santa Sede, el cardenal Sodano habló al cuerpo diplomático sobre el mensaje de Fátima, en vista del próximo viaje del Pontífice al santuario mariano en el centenario de las apariciones. Estaba presente también el obispo de Leiria-Fátima, monseñor Dos Santos Marto. Publicamos la intervención del decano del colegio cardenalicio.

El centenario de las apariciones marianas verificadas en Fátima en 1917 nos lleva a reflexionar sobre el significado para la Iglesia y para el mundo de tal evento extraordinario. La historia es maestra de vida, decían los antiguos romanos: historia magistra vitae. El recordar los acontecimientos de Fátima puede hacernos comprender mejor la presencia providencial de Dios en los acontecimientos humanos.

Personalmente, desde pequeño aprendí a conocer en la familia y en la parroquia toda la fascinante historia de las apariciones de la Virgen en Fátima. En los años trágicos de la última Guerra Mundial, para nosotros los jóvenes sirvieron de gran conforto las palabras que la Virgen había dicho a los tres pastorcillos en julio de 1917, ante los dolorosos acontecimientos de ese tiempo. Eran palabras llenas de esperanza: «Al final ¡mi Corazón Inmaculado triunfará!».

Nos parecía ya entonces que el mensaje de Fátima no sólo era una invitación a la conversión y a la oración, sino también una invitación a la esperanza, recordándonos la continua presencia de Dios en medio de nosotros, también en las horas más trágicas de la historia. La Virgen parecía recordarnos las palabras dirigidas por Jesús a sus discípulos: «En el mundo tendréis tribulación, pero ¡confiad! yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33).

Crecí así en un ambiente mariano, que era típico de nuestras poblaciones piamontesas. Ordenado sacerdote en 1950, después tuve ocasión de experimentar cada vez mejor la misión de María santísima en la comunidad cristiana. Así fue todavía más cuando, en 1961, fui llamado al servicio de la Santa Sede, durante el pontificado del Papa Juan XXIII. Trabajando después en América Latina, primero en Ecuador y luego en Uruguay y por último en Chile, descubrí aún mejor las señales de la presencia de María en la vida de la Iglesia. Llamado de nuevo finalmente a Roma en 1988 por el Papa Juan Pablo II, su profunda devoción mariana siempre fue un modelo para mí . No por nada él había tomado como su lema totus tuus (“todo tuyo”), dirigido a María. Esta fue también la actitud del Papa Benedicto XVI y lo es ahora con el pontificado de Francisco. Como se sabe, él irá muy pronto a Portugal para rendir homenaje a la Madre de Cristo en su bonito santuario de Fátima. Este es precisamente el lema del importante evento: «Con María peregrino en la esperanza y la paz».

Últimamente los teólogos nos han ayudado a profundizar el significado de esta presencia de María en la vida de los creyentes. Al respecto me ha gustado particularmente una interesante publicación de un teólogo italiano, padre Stefano De Fiores, titulado Perché Dio ci parla mediante Maria. Significato delle apparizioni mariane nel nostro tempo (Cinisello Balsamo, Ediciones San Pablo, 2011). En tal escrito, él nos recuerda lo que es conocido para todos los cristianos, y eso es que con las dos grandes fuentes de la revelación cristiana, la Sagrada Escritura y la tradición divina apostólica, los creyentes guiados por el magisterio de la Iglesia, pueden ya descubrir todo lo que Dios espera de ellos. Pero el dicho autor añadía que Dios siempre puede intervenir en la historia humana. Así se explican también las intervenciones sobrenaturales obradas por Dios en el mundo por medio de María Santísima y de muchos santos. Son intervenciones que a lo largo de los siglos han ayudado a muchos cristianos a descubrir mejor la voluntad de Dios. Por otro lado, esto estaba ya en el mensaje que el apóstol Pablo daba a los cristianos de Tesalónica: «No extingáis el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno» (1 Tesalonicenses 5, 19-21).

A tal propósito son además iluminantes las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica que nos dice: «Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos» (n.66).

Se comprende así la riqueza del magisterio de la Iglesia sobre la misión de la Madre de Dios y de los santos en la realidad de la historia humana. Así se toma también conciencia del progresivo desarrollo del culto mariano a lo largo de los siglos. Es lo que ya nos recordaba hace más de cuarenta años el cardenal Manuel Gonçalves Cerejeira, patriarca de Lisboa, cuando decía que «no es la Iglesia que ha impuesto Fátima al mundo, sino que es Fátima misma que se ha impuesta al mundo», para llamar a todos los hombres de nuestro tiempo a Jesús Salvador, que ha «venido al mundo para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10).

Al respecto he leído con gran satisfacción lo que recientemente nos ha recordado el actual obispo de Leiria-Fátima, monseñor António Dos Santos Marto, en un bonito artículo publicado hace poco en la revista italiana «Vita e Pensiero», con el título significativo: Fátima, il Novecento ed il mistero dell’iniquità. El texto termina precisamente así: «Gracia y misericordia. Estas palabras de la última aparición de la Virgen a Lucía, en Tuy, son la síntesis del mensaje de Fátima y de la revelación de Dios compasivo (...) que se explica en todos los sufrimientos humanos» (2017, 1, p. 54).

Hay entonces un mensaje de esperanza que proviene de la celebración del centenario de las apariciones de María Santísima en Fátima. Numerosas y graves pueden ser las pruebas de la vida y las tragedias del mundo, pero más grande todavía es el amor de Dios por nosotros. Desde el santuario de Fátima la madre de Jesús parece querer recordarnos las palabras dirigidas por Jesús a sus discípulos antes de la ascensión al cielo: «he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20).