Mensaje a los participantes en el segundo Simposio internacional sobre la gestión económica de los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, 25 de noviembre de 2016

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN EL SEGUNDO SIMPOSIO INTERNACIONAL
SOBRE LA GESTIÓN ECONÓMICA DE LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA
Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA

[Pontificia Universidad Antonianum, 25-27 de noviembre de 2016]

En la fidelidad al carisma, repensar la economía

 

Queridos hermanos y hermanas:

Os doy las gracias por vuestra disponibilidad para reuniros, reflexionar y rezar juntos sobre un tema tan vital para la vida consagrada como es la gestión económica de vuestras obras. Doy las gracias a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica por la preparación de este segundo simposio y, dirigiéndome a vosotros, me dejo guiar por las palabras que forman el título de vuestra reunión: carisma, fidelidad, repensar la economía.

Carisma

Los carismas en la Iglesia no son algo estático y rígido, no son «piezas de museo». Son más bien ríos de agua viva (cf. Jn 7, 37-39) que corren por el terreno de la historia para regarla y hacer germinar las semillas del bien. A veces, a causa de una cierta nostalgia estéril, podemos sentir la tentación de la «arqueología carismática». ¡No suceda que cedamos a esta tentación! El carisma es siempre una realidad viva y como tal está llamada a dar sus frutos, como nos enseña la parábola de las monedas de oro que el rey entrega a sus siervos (cf. Lc 19.11 a 26), para crecer en fidelidad creativa, como nos recuerda constantemente la Iglesia (cf. Juan Pablo II, Exh. Apost. Vita consecrata, 37). La vida consagrada, por su naturaleza, es signo y profecía del reino de Dios. Por lo tanto, esta doble característica no puede faltar en cualquiera de sus formas, siempre y cuando nosotros, los consagrados, permanezcamos vigilantes y atentos para escudriñar el horizonte de nuestras vidas y del momento actual. Esta actitud hace que los carismas, dados por el Señor a su Iglesia a través de nuestros fundadores y fundadoras, se mantengan vitales y puedan responder a las situaciones concretas de los lugares y los tiempos en los que estamos llamados a compartir y a dar testimonio de la belleza de la sequela Christi. Hablar de carisma significa hablar de don, de gratuidad y de gracia; significa moverse en un área de significado iluminada de la raíz charis. Sé que a muchos de los que trabajan en el campo económico estas palabras les parecen irrelevantes, como si hubiera que relegarlas a la esfera privada y religiosa. En cambio, es de conocimiento común a estas alturas, incluso entre los economistas, que una sociedad sin charis no puede funcionar bien y termina deshumanizándose. La economía y su gestión nunca son ética y antropológicamente neutras. O se combinan para construir relaciones de justicia y solidaridad, o generan situaciones de exclusión y rechazo.

Como personas consagradas estamos llamadas a convertirnos en profecía a partir de nuestra vida animada por la charis, por la lógica del don, de la gratuidad; estamos llamados a crear fraternidad, comunión, solidaridad con los pobres y necesitados. Como recordaba el Papa Benedicto XVI, si queremos ser verdaderamente humanos, debemos "dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad" (Enc. Caritas in veritate, 34).

Pero la lógica evangélica del don pide ser acompañada de una actitud interior de apertura a la realidad y a la escucha de Dios que nos habla en ella. Debemos preguntarnos si estamos dispuestos a "ensuciarnos las manos", trabajando en la historia de hoy; si nuestros ojos pueden discernir los signos del Reino de Dios en los pliegues de eventos sin duda complejos y contradictorios, pero que Dios quiere bendecir y salvar; si realmente somos compañeros de viaje de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de tantos que yacen heridos a lo largo de nuestros caminos, porque con ellos compartimos expectativas, temores, esperanzas y también lo que hemos recibido, y que es de todos; si nos dejamos vencer por la lógica diabólica de la ganancia (el diablo a menudo entra por la billetera o por la tarjeta de crédito); si nos defendemos de lo que no entendemos huyendo de ello, o si por el contrario sabemos quedarnos allí gracias a la promesa del Señor, con su mirada benévola y sus entrañas de misericordia, convirtiéndonos en buenos samaritanos para los pobres y los excluidos.

Leer las preguntas para responder, escuchar el llanto para consolar, reconocer las injusticias para compartir también nuestra economía, discernir las inseguridades para ofrecer la paz, mirar los miedos para tranquilizar: estas son diferentes caras del tesoro poliédrico que es la vida consagrada. Aceptando que no tenemos todas las respuestas y, a veces, permanecer en silencio, tal vez también nosotros inciertos, pero nunca, nunca sin esperanza.

Fidelidad

Ser fieles significa preguntarse lo que hoy, en esta situación, el Señor nos pide que seamos y hagamos. Ser fiel nos compromete en una trabajo asiduo de discernimiento para que las obras, coherentes con el carisma, sigan siendo medios eficaces para que llegue a muchos la ternura de Dios. Las obras propias, de las que se ocupa este simposio, no son sólo un medio para asegurar la sostenibilidad del propio instituto, sino que pertenecen a la fecundidad del carisma. Esto implica preguntarse si nuestras obras manifiestan o no el carisma que hemos profesado, si cumplen o no la misión que nos fue confiada por la Iglesia. El criterio principal de valoración de las obras no es su rentabilidad, sino si se corresponden con el carisma y la misión que el Instituto está llamado a realizar. Ser fieles al carisma a menudo requiere un acto de valentía: no se trata de vender todo o de ceder todas las obras, sino de discernir seriamente, manteniendo los ojos bien fijos en Cristo, los oídos atentos a su Palabra y a la voz de los pobres. De esta manera, nuestras obras pueden, al mismo tiempo, ser fructíferas para la trayectoria del instituto y expresar la predilección de Dios por los pobres.

Repensar la economía

Todo esto implica repensar la economía, a través de una lectura atenta de la Palabra de Dios y de la historia. Escuchar el susurro de Dios y el grito de los pobres, los pobres de todos los tiempos y los nuevos pobres; entender lo que el Señor pide hoy y, después de haberlo entendido, actuar, con esa confianza valiente en la providencia del Padre (cf. Mt 6,19ss) que tuvieron nuestros fundadores y fundadoras. En algunos casos, el discernimiento podrá sugerir mantener en vida una obra viva que produce pérdidas - teniendo cuidado de que no se generen por la incapacidad o la incompetencia— sino que devuelva la dignidad a personas víctimas del descarte, débiles y frágiles; a los recién nacidos, los pobres, los enfermos ancianos, los discapacitados graves. Es cierto que hay problemas que se derivan de la avanzada edad de muchas personas consagradas y de la complejidad de la gestión de algunas obras, pero la disponibilidad a Dios nos hará encontrar soluciones. Puede ser que el discernimiento sugiera que hay que replantearse una obra, que tal vez se ha vuelto demasiado grande y compleja, pero se pueden encontrar entonces formas de colaboración con otros institutos o tal vez transformar la misma obra de forma que continúe, aunque con otras modalidades, como obra de la Iglesia. También por eso es importante la comunicación y la colaboración dentro de los institutos, con los demás institutos y con la Iglesia local. Dentro de los institutos, las diversas provincias no pueden concebirse de forma auto-referencial, como si cada una viviera para sí misma, ni tampoco los gobiernos generales pueden ignorar las diferentes peculiaridades.

La lógica del individualismo también puede afectar a nuestras comunidades. La tensión entre la realidad local y general que existe a nivel de inculturación del carisma, también existe en el ámbito económico, pero no debe dar miedo, hay que vivirla y enfrentarla. Es necesario hacer crecer la comunión entre los diferentes institutos; y también conocer bien los instrumentos legislativos, judiciales y económicos que permiten hoy hacer red, encontrar nuevas respuestas, aunar las fuerzas, la profesionalidad y las capacidades de los institutos al servicio del Reino y de la humanidad. También es muy importante hablar con la Iglesia local, de modo que, siempre que sea posible, los bienes eclesiásticos sigan siendo bienes de la Iglesia.

Repensar la economía quiere expresar el discernimiento que, en este contexto, apunta a la dirección, los propósitos, el significado y las implicaciones sociales y eclesiales de las opciones económicas de los institutos de vida consagrada. Discernimiento que comienza a partir de la evaluación de las posibilidades económicas derivadas de los recursos financieros y personales; que hace uso del trabajo de especialistas para el uso de herramientas que permiten una gestión sensata y un control de la gestión sin improvisaciones; que opera respetando las leyes y está al servicio de la ecología integral. Un discernimiento que, sobre todo, se define a contracorriente porque utiliza el dinero y no está al servicio del dinero por ningún motivo, incluso el más justo y santo. En este caso, sería el estiércol del diablo, como decían los Santos Padres.

Repensar la economía requiere habilidades y capacidades específicas, pero es una dinámica que afecta la vida de todos y cada uno. No es una tarea que se pueda delegar a otro, sino que atañe a la plena responsabilidad de cada persona. También en este caso nos encontramos ante un desafío educativo, que no puede dejar de lado a los consagrados. Un desafío que, efectivamente, toca en primer lugar a los ecónomos y a los que están involucrados personalmente en las decisiones del instituto. A ellos se les pide tener la capacidad de ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (cf. Mt 10, 16). Y la astucia cristiana permite distinguir entre un lobo y una oveja, por que hay muchos lobos disfrazados de ovejas, ¡especialmente cuando hay dinero en juego!

No debe ser silenciado que los mismos institutos de vida consagrada no están exentos de algunos riesgos que se indican en la encíclica Laudato si’: "El principio de maximización de la ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía”(n. 195). ¿Cuántos consagrados piensan todavía que las leyes de la economía son independientes de cualquier consideración ética? ¿Cuántas veces la evaluación de la transformación de una obra o la venta de un inmueble se ve solamente sobre la base de un análisis de coste-beneficio y valor de mercado? ¡Dios nos libre del espíritu de funcionalismo y de caer en la trampa de la codicia! Además, debemos educarnos a una austeridad responsable. No es suficiente haber hecho la profesión religiosa de ser pobres. No basta atrincherase detrás de la afirmación de que no tengo nada porque soy religioso, si mi instituto me permite gestionar o disfrutar de todos los bienes que quiero, y de controlar las fundaciones civiles erigidas para sostener las propias obras, evitando así los controles de la Iglesia. La hipocresía de las personas consagradas que viven como ricos hiere a la conciencia de los fieles y daña a la Iglesia.

Tenemos que empezar desde las pequeñas decisiones diarias. Cada uno está llamado a hacer su parte, a utilizar los bienes para tomar decisiones solidarias, a tener cuidado de la creación, a medirse con la pobreza de las familias que viven al lado. Se trata de adquirir un habitus, un estilo en el signo de la justicia y del compartir, haciendo el esfuerzo -porque a menudo sería más cómodo lo contrario- de tomar decisiones de honestidad, sabiendo que es sencillamente lo que teníamos que hacer (cf. Lc 17,10). Hermanos y hermanas, me vienen a la mente dos textos bíblicos sobre los que me gustaría dejaros para la reflexión. Juan escribe en su primera carta: "Si alguno que posee bienes de la tierra ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos míos, no hablemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad"(3,17- 18). El otro texto es bien conocido. Me refiero a Mateo 25, 31-46: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos, más pequeños a mí me lo hicisteis. [...] Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo". En la fidelidad al carisma repensad vuestra economía.

Os doy las gracias. No os olvidéis de rezar por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen Santa os cuide.

En el Vaticano, 25 de noviembre de 2016

Francisco