Los invitados al banquete (7 de noviembre de 2017)

PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Los invitados al banquete

Martes, 7 de noviembre de 2017

Fuente:  L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 45, viernes 10 de noviembre de 2017

Para la salvación hay un «billete de entrada». Pero con alguna advertencia. Ante todo, es gratuito; y después los titulares serán seguramente hombres y mujeres que tengan «necesidad de curación en el cuerpo y en el alma». Es fácil imaginar que en los primeros puestos estén «pecadores, pobres y enfermos», los llamados «últimos», en definitiva. Celebrando la misa en Santa Marta, el martes, 7 de noviembre, el Papa Francisco relanzó la imagen evangélica —del Evangelio según San Lucas (14, 15-24)— del banquete al que el dueño de la casa invita «a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos» después del rechazo de los ricos que no comprenden el valor de la gratuidad de la salvación.

«Los textos evangélicos que hemos escuchado esta semana, estos últimos días están encuadrados en un banquete» hizo notar inmediatamente Francisco. Es «el Señor quien se dirige a la casa de un jefe de los fariseos para comer y allí es reprendido porque no hace las abluciones». Después, prosiguió el Papa, «durante el banquete el Señor aconseja no buscar los primeros puestos porque existe el peligro de que venga alguien que sea más importante y el dueño de la casa diga: “Cede el puesto a este, ¡cámbiate de sitio!”. Sería una vergüenza».

«El paso continúa —afirmó el Pontífice— con los consejos que da el Señor sobre a quien se debe invitar a un banquete a casa». E indica precisamente «a aquellos que no te pueden hacer el intercambio, es decir, aquellos que no tienen nada para darte a cambio». He aquí «la gratuidad del banquete». Así, «cuando terminó de explicar esto, uno de los comensales —es el pasaje de hoy— dijo a Jesús: “¡Dichoso el que pueda comer en el reino de Dios!”». El Señor «le responde con una parábola, sin explicaciones, sobre este hombre que da una gran cena con muchos invitados». Pero «los primeros invitados no quisieron ir a la cena, no les importaba ni la cena ni la gente que había allí ni el señor que les invitaba: a ellos les importaban otras cosas».

Y de hecho, uno detrás de otro comenzaron a excusarse, así, hizo notar el Papa, «el primero le dijo: “He comprado un campo”; otro: “He comprado cinco yuntas de bueyes”; otro: “me he casado”, pero cada uno tenía un interés propio y este interés era más grande que la invitación». El hecho es, afirmó Francisco, que «estos estaban pegados al interés: ¿qué puedo ganar?». Por eso, a una invitación gratuita la respuesta es: «A mí no me importa, tal vez otro día, estoy muy atareado, no puedo ir». «Atareado» pero con los propios «intereses: atareado como aquel hombre que quería, después de la siega, después de la cosecha del grano, hacer unos almacenes para agrandar sus bienes. Pobre, murió aquella noche».

Estas personas están pegadas «al interés de tal forma que» caen en «una esclavitud del espíritu» y «son incapaces de entender la gratuidad de la invitación». Pero «si no se entiende la gratuidad de la invitación de Dios, no se entiende nada», advirtió el Papa. La iniciativa de Dios, de hecho, «es siempre gratuita: para ir a este banquete, ¿qué se debe pagar? El billete de entrada es estar enfermo, es ser pobre, es ser pecador». Precisamente este «es el billete de entrada: estar necesitado, tanto en el cuerpo como en el alma». Y «por necesitado» explicó Francisco, se entiende «necesidad de cuidado, de curación, tener necesidad de amor».

«Aquí —explicó el Pontífice— se ven dos actitudes». La de Dios «es siempre gratuita: para salvar Dios no pide pagar nada, es gratuito». Y también, añadió Francisco, «decimos la palabra, un poco abstracta “universal”», en el sentido de que al siervo «el jefe “airado”» le dice: «Sal inmediatamente a las plazas, a las calles de la ciudad y conduce aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos». En otra versión de Mateo, el dueño dice: «Buenos y malos: todos, todos», porque «la gratuidad de Dios no tiene límites: todos, Él recibe a todos».

«En cambio, aquellos que tienen sus propios intereses —continuó el Papa— no entienden la gratuidad. Son como el hijo que se quedó junto al padre cuando se fue el más pequeño y después, después de mucho tiempo, volvió pobre y el padre hizo una fiesta y este no quiso entrar en el banquete, no quiso entrar en aquella fiesta porque no entendía: “Ha gastado todo el dinero, ha gastado toda la herencia, con vicios, con pecados y ¿tú le haces una fiesta? Y yo que soy un católico, practico, voy a misa todos los domingos, cumplo las cosas, ¿a mí, nada?”».

El hecho es que «no entiende la gratuidad de la salvación, piensa que la salvación es el fruto del “yo pago y tú me salvas”: yo pago con esto, con esto y con esto». En cambio, «no, la salvación es gratuita». Y «si tú no entras en esta dinámica de la gratuidad, no entiendes nada».

La salvación, de hecho, afirmó Francisco, «es un regalo de Dios al cual se responde con otro regalo, el regalo de mi corazón». Pero hay quien «tiene otros intereses, cuando escuchan hablar de regalos: “Sí, es cierto, sí, pero se debe hacer regalos”. E inmediatamente piensan: “He aquí, yo haré este regalo y él mañana y pasado mañana, en otra ocasión, me hará otro”». Así hay «siempre un intercambio».

En cambio, «el Señor no pide nada a cambio: solo amor, fidelidad, como Él es amor y Él es fiel». Porque «la salvación no se compra, simplemente se entra en el banquete: “Bienaventurado quien coma en el reino de Dios”». Y «esta es la salvación».

En realidad, confió el Papa, «yo me pregunto: ¿qué sienten estos que no están dispuestos a ir al banquete? Se sienten seguros, se sienten con una seguridad, se sienten salvados a su modo fuera del banquete». Y «han perdido el sentido de la gratuidad, han perdido el sentido del amor y han perdido una cosa más grande y más hermosa aún y eso es muy feo: han perdido la capacidad de sentirse amados». Y, añadió. «cuando tú pierdes —no digo la capacidad de amar, porque esa se recupera— la capacidad de sentirte amado, no hay esperanza: has perdido todo».

Por el resto, concluyó el Pontífice, todo esto «nos hace pensar en el escrito de la puerta del infierno de Dante “Dejad la esperanza”: has perdido todo». Por nuestra parte, es necesario mirar, en cambio, al dueño de casa que quiere que su casa se llene: «es tan amoroso que en su gratuidad quiere llenar la casa». Y así «pidamos al Señor que nos salve de perder la capacidad de sentirse amados».