Francisco y el barrendero

2017-11-08 L’Osservatore Romano

El aliciente a la delegación de camioneros argentinos que hacen el duro trabajo de recoger la basura y que buscan caminos más eficaces de representación sindical y el abrazo a la etnia gitana para que encuentre el coraje de tomar decisiones concretas para relanzar su dignidad en las periferias de toda Europa. Fueron los dos momentos más significativos de la audiencia general. Junto con los trabajadores argentinos, el Papa Francisco acogió con un abrazo a Maximiliano Acuña, un joven barrendero de Buenos Aires que no se ha resignado a la amputación de las piernas tras un grave accidente automovilístico sucedido hace ocho meses. Ha perdonado a la persona que causó el incidente, con la fuerza de la fe y del amor de su familia, comenzando nuevos proyectos sociales y artísticos.

Un llamamiento para que «la etnia gitana en toda Europa redescubra sus raíces cristianas y se tome partido de parte de los más pobres, sosteniéndolos concretamente»: he aquí lo que empujó a cuarenta gitanos húngaros a pedir al Papa apoyo para la restauración del santuario de Csatka, «para que se convierta cada vez más en la referencia espiritual del pueblo gitano».

Con ellos estaba el obispo de Szombathely, monseñor János Székely, promotor de la pastoral del pueblo gitano. «En Hungría los gitanos son el ocho por ciento de la población, con muchas dificultades para la educación y la escolarización». La Iglesia, cuenta el prelado, «tiene sesenta y dos centros donde apoyan a mil quinientos jóvenes que estudian y realizan formación profesional». Desafortunadamente, hace notar el obispo, «el santuario de Csatka está en pésimo estado, pero queremos todos juntos reestructurarlo para hacerlo más acogedor par los peregrinos gitanos cristianos de toda Europa central». Se creó también una fundación ad hoc, la Cuz bendita (Áldott Kereszt Egyesület’), que toma el nombre de la cruz, símbolo de los gitanos húngaros, ya bendecida por Juan Pablo II y por Francisco.