Entrevista a Descartes- Las verdades de una metafísica

2017-02-20 L’Osservatore Romano

Descartes parece amar escenarios solemnes para dar un sentido a su obra y a su mismo esfuerzo especulativo, tiene en cuenta a los grandes interlocutores. Con apenas 23 años, «lleno de entusiasmo» por haber encontrado «los fundamentos de una ciencia maravillosa», tuvo tres sueños (era la noche entre el 10 y el 11 de noviembre de 1619), decisivos para su destino: sueños, según su misma interpretación, «venidos de lo alto» en los cuales se sentía en disputa entre el «genio maligno», el diablo y el «Espíritu de la verdad» o «Espíritu de Dios» que descendió sobre él como un rayo «para poseerlo». Poco después de un decenio, propone el gran escenario de «espacios imaginarios» para tener la posibilidad de construir su «fábula del mundo»: «Dejad –escribió– que un poco de vuestro pensamiento salga de este mundo para que venga a ver otro muy nuevo que haré nacer en los espacios imaginarios. Los filósofos nos enseñan que estos espacios son infinitos […] suponemos que Dios crea de nuevo alrededor de nosotros tanta materia que doquiera nuestra imaginación se dirija no divise ningún lugar vacío [...]».

A principios del los años 40, presentando las «Meditationes de Prima Philosophia» al decano y a los maestros de la facultad teológica de París, usted evocaba el escenario –demasiado vivaz para aquella época– de la polémica contra los impíos, ateos y «esprits forts» (según la tradición de Duc de Luynes): en este escenario usted se propone como paladín de la gloria de Dios y de la causa de la religión, armado de argumentos certísimos y evidentísimos para demostrar la existencia de Dios y «la real distinción del alma y del cuerpo»; después de sus pruebas nadie, escribe, «querrá dudar» de tal verdad. Y añade que con sus «Meditationes» pretende actuar el mandato del V Concilio Lateranense (1513) de confutar a aquellos que niegan la inmortalidad del alma individual. Uno de sus objetantes se maravillará de tanta seguridad en la propia misión y en la verdad del propio pensamiento: «Como si tú fueras seguramente –escribía– el único metafísico y teólogo natural» e insinuará que usted buscaba el apoyo de los teólogos de la Sorbona para instaurar una nueva «tiranía de los ingenios».

Se diga lo que se quiera. Yo estoy, en definitiva, convencido de haber ofrecido pruebas de la existencia de Dios y de la separación del cuerpo (del que deriva la inmortalidad del alma), por lo tanto, con absoluta evidencia y tales que «todos lo errores que nunca se cometieron sobre tales cuestiones serán en breve tiempo cancelados de las mentes de los hombres». Diré también que, defiendo que ninguno antes de mí ha demostrado, tan claramente, que el verdadero Dios no puede ser un engañador.

Por lo tanto su metafísica, con la existencia de Dios que no engaña, es fundamental también para su física, y sobre todo para la real existencia de un mundo externo al cogito conforme a las ideas claras y distintas del cogito mismo.

No hubiera podido encontrar los fundamentos de mi física si no es en mi metafísica: no sólo las leyes de la naturaleza son establecidas por Dios como todas las demás así llamadas verdades eternas, sino que han sido por mí deducidas de la idea misma de inmutabilidad divina. Por esto entré en esta crisis cuando, al acabarse el año 1633, mientras estaba revisando mi tratado del mundo para su publicación, tuve noticia de la condena romana del copernicanismo. Toda mi física –donde el movimiento de la Tierra es parte esencial– está unida a mi metafísica del que tuve la impresión de que se me podría acusar de haber construido un sistema falaz, aun estando convencido de haber seguido rigurosamente la evidencia de las demostraciones, en un todo deductivo, a priori. Debo también confesar que no quiero constituirme en héroe, ir contra la autoridad de la Iglesia: prefiero trabajar en paz, haciendo mío el lema bene vixit, bene qui latuit.

No todos sus secuaces estarán dispuestos a perseguir su ideal de ciencia universal «a priori», pero sus tres leyes de la naturaleza –comenzando por el principio de inercia– constituyen una columna de la ciencia moderna. Desafortunadamente, la disociación que acaeció entre su física y su metafísica hizo que se perdiera la grandiosidad de su proyecto de ciencia universal.

Creo, en definitiva –sabiendo bien que el conocimiento de la naturaleza está vinculada a la acumulación de experiencias– que algunos aspectos de mi «fábula del mundo» podrán llegar a ser obsoletos. Pero defiendo que las leyes de las que usted ha hecho mención, con la física mecanicista a la que se deriva, conservarán su validez; y estoy también convencido de que toda mi construcción de la «máquina del cuerpo», es decir, la reducción de todos los cuerpos que aparecen dotados de alguna forma de vida a máquinas o autómatas (incluido el cuerpo del hombre), está destinada a construir un esquema interpretativo de gran fecundidad. No pueden renunciar a la idea, coherente con toda mi física, de que el cuerpo del hombre no sea más que una estatua o una máquina de tierra que Dios forma expresamente para convertirla lo más posible semejante a nosotros; de tal modo que no sólo le da externamente el colorido y la forma de nuestros miembros, sino que coloca en su interior todas las partes que se requieren para que pueda caminar, comer, respirar, imitar, en definitiva, todas nuestras funciones que se puedan imaginar que procedan de la materia y dependan solamente de la disposición de los órganos. Así como vemos relojes, fuentes artificiales, molinos y otras máquinas que tienen la fuerza de moverse por sí mismos de diversas maneras, también el cuerpo humano pude ser concebido como una máquina, cuyos engranajes pueden explicar todas las funciones que normalmente referimos a los principios vitales: es inútil, por lo tanto, recurrir a un alma vegetal o sensitiva, bastan las leyes de la mecánica.

Esta, sin duda, es una gran propuesta suya, fruto de sus atentos estudios de anatomía. Y es también, me parece, el presupuesto de su demostración de la inmortalidad del alma.

Usted indica uno de los puntos esenciales de mi pensamiento: la demostración de la radical distinción entre sustancia pensante y sustancia extensa, de las que tenemos ideas claras y distintas.

La veracidad divina nos asegura que todas las cosas que nosotros concebimos clara y distintamente son verdaderas como nosotros las concebimos.

Podemos, por lo tanto, concluir que tales sustancias son realmente distintas entre ellas, y que, por lo tanto, la res cogitans, el alma racional, es realmente distinta de la res extensa, y es inmaterial e inmortal.

Que después haya tenido problemas para explicar la relación entre el alma (res cogitans) y el cuerpo (res extensa) lo sé muy bien e imagino que seré criticado por la solución de mi propuesta por parte de aquellos que pondrán suficiente atención a mis demostraciones.

Por lo demás, dejar una herencia significa plantear problemas o quizá también permitir interpretaciones diversas, y hasta opuestas (veo, incluso entre mis seguidores, quienes explican tesis tendencialmente materialistas). Espero solamente que, para entender mi obra, se mantenga firme la relación entre mi física y mi metafísica, absolutamente esencial. Le recuerdo que el árbol del saber tiene como sus raíces a la metafísica, como tronco de la física, como ramas y fruto, la mecánica, la medicina y la moral.

La centralidad de Dios –y no sólo del problema de Dios– en su pensamiento, la originalidad de sus reflexiones sobre Dios creador de las verdades eternas, sobre Dios, «causa sui», la utilización del concepto de «potentia Dei absoluta» para motivar las formas más radicales de la duda, le han asegurado un puesto determinante en la historia de la ontología, en los orígenes de la modernidad (una modernidad, desde este punto de vista, muy bien protegida por el «Deus qui potest omnia»). ¿Confirma también su fidelidad al compromiso asumido en la dedicatoria a las «Meditationes» hacia los doctores de la Sorbona?

El compromiso asumido con los doctores de la Sorbona de defender la causa de Dios y de la religión ha sido siempre mi guía, como también mi fidelidad a la Iglesia católica: tanto que, como es conocido, renuncié publicar mi tratado del mundo –de inclinación claramente copernicana– por respeto a la condena de Roma. De modo que me quedé muy maravillado e indignado por las acusaciones de ateísmo dirigidas en mi contra en la Provincias Unidas por parte de los reformados, pero también en otros lugares por los católicos [las obras de Descartes se pusieron en el Índice de los libros prohibidos en 1663, y después también en 1720].

Personalmente estoy convencido de la verdad de mi metafísica y de su ortodoxia. En cuanto a las polémicas contra mí, cuando no se deben a posiciones personales asumidas por mis seguidores y que yo no comparto, son en cambio, nuevamente la prueba de la novedad y de la modernidad de mi pensamiento.