El silencio y la oración

2017-05-13 L’Osservatore Romano

El primer gesto del Papa en Fátima ha sido una larga oración ante la pequeña estatua de la Virgen a la cual ofreció el antiquísimo regalo de la rosa de oro. En un silencio impresionante, solo roto por el trinar de los pájaros aunque había centenares de miles de personas presentes en la enorme explanada donde durante el último medio siglo acudieron sus tres predecesores. Y precisamente la oración es el objetivo del viaje brevísimo de Bergoglio, que durante el rosario de por la tarde se definió peregrino de la luz, de la paz, de la esperanza.

Un peregrino llegado solo para orar a la «señora vestida de blanco» que hace un siglo manifestó «los designios de la misericordia de Dios», él «como obispo vestido de blanco» llegado para recordar a aquellos que «vestidos de candor bautismal desean vivir en Dios y recitan los misterios de Cristo para obtener la paz» dijo el Pontífice. Y continuó: seremos así «la Iglesia vestida de blanco, de un candor blanqueado con la sangre del Cordero derramada también hoy en las guerras que destruyen el mundo en el que vivimos».

En el marco del viaje esencial de Pablo VI que a Fátima fue para implorar la paz, también la peregrinación de Francisco se coloca en una contemporaneidad contradictoria, evocada por su Secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, durante la misa celebrada mientras había anochecido, en la oscuridad punteada por miles de velas: un siglo después de la primera aparición de la Virgen, mientras Europa estaba devastada por la guerra, hoy la paz está consolidada y parece obvia, pero al mismo tiempo para millones de personas está muy lejana, hasta tal punto que con plena razón el Papa habla de una guerra mundial «a pedazos», difundida y alimentada por inconfesables intereses económicos.

Cien años después de los acontecimientos de 1917 el Pontífice ha canonizado a los videntes más jóvenes de Fátima, los dos hermanos Francisco y Jacinta Marto. Y ya el 13 de mayo por la tarde, la segunda «no pudo contenerse y desveló el secreto a su mamá: “hoy he visto a la Virgen”. Ellos habían visto a la Madre del cielo» dijo Bergoglio, notando que solo ellos la habían visto y añadiendo: «María no vino aquí para que la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, siempre y cuando vayamos al cielo». La Virgen efectivamente, «presagiando y advirtiéndonos del riesgo del infierno al cual nos conduce una vida, a menudo propuesta e impuesta, sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, vino para recordarnos la luz de Dios que habita en nosotros y nos cubre».

He aquí el secreto de Fátima, un mensaje que ciertamente no está contenido en revelaciones sensacionales. «ningún gran misterio es desvelado; el velo del futuro no es rasgado» escribió en el 2000 el cardenal Ratzinger, porque el sentido del mensaje es el de «movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien», después de un siglo marcado por guerras tremendas y por persecuciones a la Iglesia. Sentido recordado por Francisco con las palabras de Pablo VI: «Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos, es decir, hay que reconocer la relación esencial, vital y providencial que une a la Virgen con Jesús y que nos abre el camino que nos lleva a Él». Siguiendo simplemente el camino indicado por el Evangelio, como hizo María, su primera testigo.

g.m.v.