El sacerdote que desafía a los narcotraficantes

2017-05-17 L’Osservatore Romano

Padre Alejandro Solalinde tiene setenta y dos años y un precio de un millón de dólares por su cabeza. Se la pusieron Los Zetas, poderoso cártel de narcotraficantes que aterrorizan México con su violencia. Candidato al premio Nobel por la paz, el sacerdote desafía desde hace años a los cárteles y a la policía corrupta, denunciando las violencias sufridas por los indocumentados y los más pobres. Defiende a los inmigrantes, a los menores que terminan a menudo en las manos de los narcotraficantes que les usan para sus crímenes y para el comercio de cuerpos. Esto le contó a Francisco, presentando el libro Los narcos me quieren muerto (Bologna 2017, Editrice missionaria italiana, 160 páginas, 15 euros), escrito con la periodista de «Avvenire» Lucia Capuzzi.

«Yo no tengo miedo de la muerte, si amas y si tienes fe no puedes tener miedo de morir» confía el padre Alejandro. Habla con entusiasmo del centro de acogida “Hermanos en el camino”, fundado hace diez años en Ixtepec, en el sur de México, en el cual cada año pasan veinte mil migrantes que «son hoy los actores más importantes del cambio: incluso siendo pobres, con sus valores pueden salvar a los ricos del norte del empobrecimiento causado por el materialismo, convirtiéndose en signo de salvación y de la irrupción de Dios en la historia».

En México, es su denuncia, «las mafias de la droga han matado, desde el 2006 hasta hoy, doscientas cincuenta mil personas: veinticinco mil al año. Pero de otros veintisiete mil secuestrados no se ha sabido nada». Y así padre Alejandro está junto a «madres que han perdido el rastro de sus hijos y les buscan desesperadamente en las fosas comunes, privadas de justicia y de todo derecho». Y de derechos habló con el Papa también la delegación del Chagos refugee group, que fue después recibida por el arzobispo Paul Richard Gallagher, secretario para las Relaciones con los Estados.

«Redención y ganas de cambiar radicalmente de vida» son las motivaciones que han empujado a nueve detenidos de cárceles de menores de Airola e Catanzaro para encontrar a Francisco. «Ya es un encuentro anual esperado por los jóvenes» explica el director del penitenciario campano, Antonio Di Lauro. «El Papa es capaz de entusiasmar a los jóvenes a proseguir su camino reeducativo» añade el capellán, don Libertato Maglione. Para ellos «es una experiencia importantísima, decisiva, porque se han sentido acogidos por el Papa tanto como aprovechar este encuentro en su recorrido de crecimiento humano y espiritual». Y la presencia del alcalde de Airola, Michele Napolitano, con el vicealcalde y el presidente del consejo del ayuntamiento, va a significar «el compromiso de toda la comunidad para una verdadera reinsercción social de los jóvenes que se han equivocado». En la plaza de San Pedro había algunos agentes de policía penitenciaria y los representantes de las asociaciones que siguen de cerca la formación de los detenidos.