El Evangelio en el bolsillo (9 de enero de 2017)

PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

El Evangelio en el bolsillo

Lunes 9 de enero de 2017

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 2, viernes 13 de enero de 2017

«Conocer y reconocer a Jesús, adorarle, seguirle»: sólo así el Señor estará verdaderamente «en el centro de nuestra vida». Y para hacer esto existen algunos pequeños gestos al alcance de todos: tener siempre consigo una edición de bolsillo del Evangelio para poderlo leer fácilmente cada día, junto a la oración de breves oraciones de adoración como el Gloria, pero estando bien atentos a no repetir las palabras «como papagallos». Estas son las coordinadas de la «sencillez de la vida cristiana» —efectivamente no se necesita recurrir a «cosas extrañas o difíciles»— que el Pontífice volvió a proponer en la misa celebrada el lunes por la mañana, 9 de enero, en la capilla de la Casa Santa Marta.

El tiempo litúrgico que acabamos de vivir, hizo notar enseguida el Papa, «tenía en el centro la espera de Jesús y después la llegada de Jesús: el nacimiento y los misterios del nacimiento hasta el bautismo». Así «hoy comienza un nuevo tiempo litúrgico –explicó– y la Iglesia nos hace ver en el centro de este inicio también a Jesús». Entonces «el centro de la liturgia de hoy es Jesús: Jesús como la primera y última palabra del Padre». Efectivamente «Dios, que muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado a los padres por medio de los profetas, últimamente, durante estos días, nos ha hablado a nosotros por medio del Hijo que ha establecido heredero de todas las cosas y mediante el cual ha hecho también el mundo: Jesús el Hijo, el Salvador, el Señor, Él es el Señor del universo».

«Ha sido un largo camino para que llegase este momento de la manifestación de Jesús que hemos celebrado durante el tiempo de la Navidad» afirmó el Pontífice. Pero, añadió, «sigue siendo el centro de la vida cristiana: Jesucristo, Hijo del Padre, Salvador del mundo. No hay otro, es el único». Y «es esto el centro de nuestra vida: Jesucristo que se manifiesta, se hace ver, y nosotros estamos invitados a conocerle, a reconocerle en la vida, en las muchas circunstancias de la vida».

He aquí la cuestión: «Reconocer a Jesús, conocer a Jesús». Y si es un bien conocer «la vida de ese santo, de esa santa o incluso las apariciones de allí y de allá», no hay que perder nunca de vista el hecho de que «el centro es Jesucristo: sin Jesucristo no hay santos». Claro, precisó Francisco, «los santos son los santos, son grandes», son «importantes», pero «las apariciones no son todas verdaderas».

Desde esta perspectiva, sugirió el Papa, es oportuno plantearse una «pregunta: ¿El centro de mi vida es Jesucristo? ¿Cuál es mi relación con Jesucristo?». Francisco hizo notar que al inicio de la celebración, durante el rezo de la oración colecta, «hemos pedido la gracia de ver, la gracia de conocer qué hacer y la gracia de tener la fuerza para hacerlo». Pero «la primera cosa que debemos hacer es mirar a Jesucristo». Y «hay tres cosas, digamos tres tareas, para asegurarnos de que Jesús está en el centro de nuestra vida».

«Antes de nada –explicó el Papa– reconocer a Jesús, conocer y reconocerle. En su tiempo, el apóstol Juan, al inicio de su Evangelio, dice que muchos no le reconocieron: los doctores de la ley, los sumos sacerdotes, los escribas, los saduceos, algunos fariseos». Es más, «le persiguieron, le mataron». Es decir, «la primera actitud es conocer y reconocer a Jesús; buscar cómo era Jesús: ¿a mí me interesa esto?». Se trata, afirmó Francisco, de «una pregunta que todos nosotros debemos hacernos: ¿a mí me interesa conocer a Jesús o quizás interesa más la telenovela o las charlas o las ambiciones o conocer la vida de los demás?».

En fin, se debe «conocer a Jesús para poderle reconocer». Y «para conocer a Jesús está la oración, el Espíritu Santo, sí»; pero un buen sistema es «tomar el Evangelio todos los días». Tanto que el Papa declaró tener «ganas de preguntar: ¿Cuántos de vosotros toman el Evangelio cada día y leen un pasaje? Y deciros levantad la mano: pero no lo haré, ¡estad tranquilos!». Es importante, dijo, llevar siempre consigo una copia del Evangelio, quizás «el de bolsillo, que es pequeñito, para llevarlo en el bolsillo, en el bolso, siempre conmigo». Se narra, prosiguió el Pontífice, que «santa Cecilia tenía el Evangelio cerca de su corazón: ¡cerca, cerca!». Y así, teniéndolo siempre al alcance de la mano, se puede «leer todos los días un pasaje del Evangelio: es el único modo de conocer a Jesús», de saber «qué ha hecho, qué ha dicho».

Es fundamental, prosiguió el Papa, «leer la historia de Jesús, sí, el Evangelio es la historia de Jesús, la vida de Jesús, es Jesús mismo, es el Espíritu Santo que nos hace ver a Jesús ahí». Por esta razón Francisco quiso renovar su consejo: «Por favor, haced esto: todos los días un pasaje del Evangelio, pequeñito, tres minutos, cuatro, cinco». Precisamente leyendo el Evangelio se entiende; «Y esto trabaja por dentro: es el Espíritu Santo quien hace el trabajo después. Esto es la semilla. Quien hace germinar y crecer la semilla es el Espíritu Santo».

Si la primera es la de «reconocer a Jesús, conocer a Jesús», la segunda tarea sugerida por el Papa se encuentra propuesta también en la «liturgia, al inicio, antes de la oración colecta, y después en el Salmo: ¡adorar a Jesús, es Dios!». Es necesario «adorar a Jesús» afirmó el Papa, añadiendo: «En el salmo hemos rogado: “Adoremos al Señor junto a sus ángeles”» (Salmo 96). Y si «los ángeles le adoran» de verdad, está bien preguntarse «si le adoramos nosotros también». La mayor parte de las veces, dijo Francisco, nosotros rezamos a Jesús para pedirle algo o darle las gracias por algo. Y «todo esto está bien», pero la verdadera pregunta es si nosotros adoramos a Jesús.

«Pensemos en dos modos de adorar a Jesús» propuso enseguida Francisco. Está «la oración de adoración en silencio: “Tú eres Dios, tú eres el hijo de Dios, yo te adoro”». Esto es «adorar a Jesús». Pero luego también debemos «quitar de nuestro corazón las otras cosas que “adoramos”, que nos interesan más». Debe estar «sólo Dios, las otras cosas sirven si están dirigidas a Dios, sirven si yo soy capaz de adorar sólo a Dios». Por eso debemos «adorar a Dios, adorar a Jesús, conocer a Jesús con el Evangelio, adorar a Jesús».

A este propósito el Papa no dejó de ofrecer otra sugerencia práctica: «Hay una pequeña oración que nosotros rezamos, el Gloria —“Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”— pero muchas veces la decimos mecánicamente como papagallos». Sin embargo «esta oración es adoración, gloria: yo adoro al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo». He ahí, entonces, la sugerencia del Papa de «adorar, con pequeñas oraciones, con el silencio ante la grandeza de Dios, adorar a Jesús y decir: Tú eres el único, tú eres el principio y el final y contigo quiero permanecer toda la vida, toda la eternidad. Tú eres el único». Y así también «alejar las cosas que me impiden adorar a Jesús».

«La tercera tarea que os sugiero para tener a Jesús en el centro de nuestra vida —prosiguió el Pontífice refiriéndose al pasaje de Marcos (1, 14-20)— es el que nos dice el Evangelio de hoy: seguir a Jesús». Cuando el Señor «ve a Pedro y a Andrés que trabajaban, eran pescadores, les dice: “venid detrás de mí”». Debemos «seguir a Jesús, las cosas que Él nos ha enseñado, las cosas que nosotros encontramos todos los días cuando leemos ese fragmento del Evangelio». Y preguntar: «Señor ¿Qué quieres que haga? Indícame el camino».

Para concluir, Francisco repitió que lo esencial es tener siempre a «Jesús en el centro». Y «esto significa conocer, reconocer a Jesús, adorar y seguir a Jesús: es mucho más simple la vida cristiana, pero necesitamos la gracia del Espíritu Santo para que despierte en nosotros esas ganas de conocer a Jesús, adorar a Jesús y seguir a Jesús». Precisamente por esto, subrayó, «hemos pedido al Señor, al inicio de la oración colecta, conocer qué debemos hacer y tener la fuerza de hacerlo». Y, ha deseado, «en la sencillez de cada día —porque cada día para ser cristianos no son necesarias cosas extrañas, cosas difíciles, cosas superfluas, no, es simple— que el Señor nos dé la gracia de conocer a Jesús, de adorar a Jesús y de seguir a Jesús».