Dos maravillas (6 de febrero de 2017)

PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Dos maravillas

Lunes 6 de febrero de 2017

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 6, viernes 10 de febrero de 2017

Con la certeza de que «Dios trabaja siempre», no es necesario tener miedo de vivir el don del amor y de la libertad, dando de lado de una vez por todas a las falsas seguridades que vienen de la rigidez. Es la sugerencia espiritual propuesta por el Papa en la misa celebrada el lunes por la mañana 6 de febrero en la capilla de la Casa Santa Marta.

Para su meditación, Francisco se inspiró en el Salmo 103, en la cual, hizo notar, «hemos alabado al Señor» diciendo: «Eres muy grande, Señor, ¡Dios mío! ¡Eres muy grande!». Un salmo que, afirmó, «ha sido un canto de alabanza: alabemos al Señor por las cosas que hemos oído en ambas lecturas, por la creación, muy grande; y, en la segunda lectura, para la re-creación, aún más maravillosa que la creación, que hace Jesús». La referencia es precisamente a los textos propuestos por la liturgia de la palabra, del libro del Génesis (1, 1-19) y del Evangelio de Marcos (6, 53-56). El Papa ha explicado que «el Padre trabaja» y el mismo «Jesús dice: “Mi Padre obra y yo también también obro”. Es un modo de decir “trabajo”, ad instar laborantis, como uno que trabaja, como precisa san Ignacio en los ejercicios» (cf. Ejercicios espirituales 236).

Y así «el Padre trabaja para hacer esta maravilla de la creación —prosiguió Francisco— y para hacer con el Hijo esta maravilla de la re-creación; para realizar ese paso del caos al cosmos, del desorden al orden, del pecado a la gracia». Y «este es el trabajo del Padre y por eso nosotros hemos alabado al Padre, el Padre que trabaja».

«Pero ¿por qué Dios ha querido crear el mundo?»: esta forma parte de las «preguntas difíciles», reconoció el Papa. Confesó también que, «una vez, un niño me puso en apuros porque me hizo esta pregunta: dime, padre, ¿qué hacía Dios antes de crear el mundo, se aburría?». Seguramente «los niños saben hacer preguntas —añadió el Papa— y hacen las preguntas justas y te ponen en apuros».

Para responder a ese niño, narró Francisco, «el Señor me ha ayudado y he dicho la verdad: Dios amaba, en su plenitud amaba; en su comunicación, entre las tres Personas, amaba y no tenía necesidad de nada más». Es una respuesta que, prosiguió el Pontífice, suscita otra pregunta: pero si Dos «no tenía necesidad, ¿por qué ha creado el mundo?». Pero esta es una cuestión, siguió narrando Francisco, puesta no por un niño sino que «se planteaban los primeros teólogos, los grandes teólogos, los primeros». Entonces, por qué Dios «¿ha creado el mundo?». La respuesta que hay que dar es esta: «Simplemente para compartir su plenitud, para tener a alguien al cual dar y con el cual compartir su plenitud». En una palabra, «para dar».

«La misma pregunta —siguió diciendo el Papa— podemos hacerla en la re-creación: ¿Por qué Él envió a su Hijo para esta obra de re-creación?». Lo hizo «para compartir, para re-colocar». Y «así en la primera creación, como en la segunda, Él hace del caos un cosmos, de lo feo algo bonito, del error lo verdadero, de lo malo lo bueno». Precisamente «este es el trabajo de creación que es Dios y lo hace artesanalmente». Y «en Jesús se ve claramente: con su cuerpo da la vida totalmente». Tanto que «cuando Jesús dice: “El Padre siempre obra y también yo obro siempre”, los doctores de la ley se escandalizaron y querían matarlo porque no sabían recibir las cosas de Dios como don», sino «solamente como justicia», llegando incluso a pensar: los mandamientos «son pocos, ¡hagamos más!».

Así, prosiguió Francisco, «en lugar de abrir el corazón al don, se escondieron, buscaron refugio en la rigidez de los mandamientos, que ellos habían multiplicado hasta quinientos o más: no sabían recibir el don». De lo demás, dijo el Pontífice, «el don solamente se recibe con la libertad», pero «estos rígidos tenían miedo de la libertad que Dios nos da; tenían miedo del amor». Y por esto querían matar a Jesús, «porque dijo que el Padre ha hecho esta maravilla como un don: ¡recibir el don del Padre!».

«Eres grande Señor, te quiero mucho, porque me has dado este don, me has salvado, me has creado»: esta, afirmó el Papa, «es la oración de alabanza, la oración de alegría, la oración que nos da la alegría de la vida cristiana». Y «no esa oración cerrada, triste, de la persona que nunca sabe recibir un don porque tiene miedo de la libertad que siempre lleva consigo un don». Y así, al final, «solo sabe hacer su deber, pero el deber cerrado: esclavos del deber, pero no del amor». En cambio «cuando tú te haces esclavo del amor eres libre: es una bonita esclavitud, pero estos no entendían».

He aquí entonces, afirmó Francisco, las «dos maravillas del Señor: la maravilla de la creación y la maravilla de la redención, de la re-creación; la del inicio del mundo y la de después de la caída del hombre, de restablecer el mundo y por esto envió al Hijo: ¡es bonito!». Claro, «podemos preguntarnos cómo recibo estas maravillas, cómo recibo esto que Dios me ha dado —la creación— como un don». Y «si lo recibo como un don, amo la creación, custodio lo creado porque ha sido un don».

En definitiva, insistió Francisco, es oportuno preguntarse «cómo yo recibo la redención, el perdón que Dios me ha dado, el hacerme hijo con su Hijo, con amor, con ternura, con libertad». Sin nunca esconderme «en la rigidez de los mandamientos cerrados que siempre, siempre, son más seguros —entre comillas— pero no te dan alegría, porque no te hacen libre». Cada uno de nosotros —es la sugerencia de Papa— «puede preguntarse cómo vive estas dos maravillas: la maravilla de la creación y la todavía más maravilla de la re-creación». Con la esperanza de «que el Señor nos haga entender esta cosa grande y nos haga entender lo que Él hacía antes de crear el mundo: amaba. Que nos haga entender su amor hacia nosotros y nosotros podamos decir —como hemos dicho hoy— “¡Eres muy grande, Señor, gracias, gracias!”». Y «sigamos adelante así».