Carta del Santo Padre a la canciller de la República Federal de Alemania, Angela Merkel, con ocasión de la Cumbre del G20 en Hamburgo (29 de junio de 2017)

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA SEÑORA ANGELA MERKEL,
CANCILLER DE LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA,
CON OCASIÓN DE LA CUMBRE DEL G20 EN HAMBURGO

A Su Excelencia
Doctora Angela Merkel
Canciller de la República Federal de Alemania

Después de nuestro reciente encuentro en el Vaticano y en respuesta a su oportuna solicitud, deseo transmitirle algunas consideraciones muy importantes para mí y para todos los pastores de la Iglesia Católica, de cara a la próxima reunión del G20, en la que participan los Jefes de Estado y de Gobierno del Grupo de las principales economías del mundo y las más altas autoridades de la Unión Europea. Sigo así también una tradición iniciada por el Papa Benedicto XVI en abril de 2009, durante el G20 en Londres. Mi predecesor escribió a Vuestra Excelencia también en 2006 con ocasión de la presidencia alemana de la Unión Europea y del G8.

En primer lugar quisiera manifestarle a usted y a los líderes que se reunirán en Hamburgo mi aprecio por los esfuerzos realizados para garantizar la gobernabilidad y la estabilidad de la economía mundial, con especial atención a los mercados financieros, el comercio, los problemas fiscales y, más en general, a un crecimiento económico mundial que sea incluyente y sostenible (cf. Comunicado G20 Hangzhou, 5 de septiembre de 2016). Estos esfuerzos, como prevé el programa de trabajo de la Cumbre, son inseparables de la atención prestada a los conflictos en curso y al problema mundial de las migraciones.

En el documento programático de mi Pontificado dirigido a los fieles católicos, la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, propuse cuatro principios de actuación para la construcción de sociedades fraternales, justas y pacíficas: el tiempo es superior al espacio; la unidad prevalece sobre el conflicto; la realidad es más importante que la idea; y el todo es superior a la parte. Es evidente que estas líneas de acción pertenecen a la sabiduría multisecular de toda la humanidad y por lo tanto creo que también pueden servir como una contribución a la reflexión sobre la reunión de Hamburgo y también para evaluar sus resultados.

El tiempo es superior al espacio. La gravedad, la complejidad y la interconexión de los problemas del mundo son tales que no hay soluciones inmediatas y completamente satisfactorias. Por desgracia, el drama de las migraciones, inseparable de la pobreza y exacerbado por las guerras, es una prueba. Es posible, en cambio, poner en marcha procesos capaces de ofrecer soluciones progresivas y no traumáticas y llegar, en relativamente poco tiempo a una libre circulación y a la estabilidad de las personas que sean beneficiosas para todos. Sin embargo, esta tensión entre el espacio y el tiempo, entre el límite y la plenitud, requiere un movimiento exactamente opuesto en la conciencia de los gobernantes y de los poderosos. Una solución eficaz, extendida necesariamente en el tiempo, sólo será posible si el objetivo final del proceso está claramente presente en su planificación. En los corazones y las mentes de los gobernantes y en cada una de las fases de aplicación de las medidas políticas es necesario dar prioridad absoluta a los pobres, los refugiados, los que sufren, los desplazados y excluidos, sin distinción de nación, raza, religión o cultura, y rechazar los conflictos armados.

En este punto, no puedo dejar de dirigir a los Jefes de Estado y de Gobierno del G20 y a toda la comunidad mundial un sentido llamamiento por la trágica situación en Sudán del Sur, la cuenca del lago Chad, el Cuerno de África y Yemen, donde hay 30 millones de personas que no tienen comida ni agua para sobrevivir. El compromiso de afrontar urgentemente estas situaciones y proporcionar apoyo inmediato a esas poblaciones será un signo de la seriedad y sinceridad del compromiso para reformar la economía mundial y una garantía de su eficaz desarrollo.

La unidad prevalece sobre el conflicto. La historia de la humanidad, incluso en la actualidad, presenta un vasto panorama de conflictos actuales o potenciales. La guerra, sin embargo, nunca es una solución. En la proximidad del centenario de la carta de Benedicto XV a los Jefes de los pueblos beligerantes, me siento obligado a pedir al mundo que ponga fin a todas estas masacres inútiles. El objetivo del G20 y de otras reuniones anuales similares es resolver pacíficamente las diferencias económicas y encontrar reglas financieras y comerciales comunes que permitan el desarrollo integral de todos, para cumplir la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (cf. Comunicado del G20 en Hangzhou). Sin embargo, esto no será posible si todas las partes no se comprometen a reducir sustancialmente los niveles de conflicto, a detener la carrera de armamentos y a renunciar a involucrarse directa o indirectamente en los conflictos, así como no aceptando discutir de manera sincera y transparente de todas las divergencias. Es una contradicción trágica e incoherente la unidad aparente en los foros comunes con fines económicos o sociales y la persistencia deseada o aceptada de enfrentamientos bélicos.

La realidad es más importante que la idea. Las trágicas ideologías de la primera mitad del siglo xx han sido sustituidas por las nuevas ideologías de la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera (cf. EG, 56). Dejan un doloroso rastro de exclusión y de descarte, e incluso de muerte. En los éxitos políticos y económicos que, sin embargo, tampoco han faltado en el siglo pasado, se encuentra siempre un pragmatismo sano y prudente, guiado por el primado del ser humano y por la búsqueda para integrar y coordinar realidades diferentes y a veces contrastantes, a partir del respeto de cada uno de los ciudadanos, individuales. En ese sentido pido a Dios para que la Cumbre de Hamburgo esté iluminada por el ejemplo de los líderes europeos y mundiales que siempre han favorecido el diálogo y la búsqueda de soluciones comunes: Schuman, De Gasperi, Adenauer, Monnet y muchos otros.

El todo es superior a la parte. Los problemas deben ser resueltos en concreto y prestando la debida atención a sus peculiaridades, pero las soluciones, para ser duraderas, no pueden dejar de tener una visión más amplia y considerar las repercusiones en todos los países y todos sus ciudadanos, además de respetar sus opiniones y pareceres. Me gustaría repetir la advertencia que Benedicto XVI dirigió al G20 en Londres en 2009. Aunque es razonable que las cumbres del G20 se limiten al reducido número de países que representan el 90% de la producción mundial de bienes y servicios, esta misma situación debe mover a sus participantes a una reflexión profunda. Aquellos —Estados y personas— cuya voz tiene menos fuerza en la escena política mundial son precisamente los que más sufren los efectos perniciosos de las crisis económicas de las que tienen poca o ninguna responsabilidad. Al mismo tiempo, esta gran mayoría que en términos económicos representa sólo el 10% del total, es la parte de la humanidad que tendría el mayor potencial para contribuir al progreso de todos. Por lo tanto es necesario tener siempre como punto de referencia a las Naciones Unidas, los programas y las organizaciones asociadas y los organismos regionales, respetando y honrando los tratados internacionales y seguir promoviendo el multilateralismo, para que las soluciones sean verdaderamente universales y duraderas, en beneficio de todos (cf. Benedicto XVI, Carta al Hon. Gordon Brown, 30 de marzo, 2009).

He querido ofrecer estas consideraciones como una contribución a la labor del G20, confiando en el espíritu de solidaridad responsable que anima a todos los participantes. Invoco por lo tanto la bendición de Dios sobre la reunión en Hamburgo y sobre todos los esfuerzos de la comunidad internacional para activar una nueva era de desarrollo innovadora, interconectada, sostenible, respetuosa con el ambiente e incluyente con todos los pueblos y todas las personas y (cf. Comunicado G20, Hangzhou).

Acepte, Excelencia, mis expresiones de la más alta consideración y estima.

Vaticano, 29 de junio de 2017

Francisco