Brazos jóvenes para la vieja Europa

2012-07-26 L’Osservatore Romano

Parece un absurdo pero el Parlamento europeo estima que en 2050 harán falta más de cincuenta y seis millones de inmigrantes en edad laboral, para proveer ante la disminución progresiva de la mano de obra en los países del viejo continente. Y se considera una perspectiva tan realista que influencia las políticas migratorias comunitarias. De hecho, después de las restricciones más o menos duras a los ingresos de extracomunitarios en los países europeos, que han caracterizado los últimos veinte años, poco a poco se está imponiendo la tendencia a facilitar el acceso a personal cualificado o a los así llamados «circulares», es decir, a cuantos no tienen el país de entrada como meta final. Ahora, dejando a un lado la gravísima cuestión del desempleo que golpea a las poblaciones del viejo continente, es preciso tomar nota del nuevo fenómeno que asume la cuestión migratoria, de las distintas valoraciones que se realizan con respecto a los emigrantes y del valor añadido que estos pueden representar para una nación como factor de desarrollo.

La Iglesia, desde siempre, y no por casualidad, continúa poniendo el acento —además de, naturalmente, en las cuestiones éticas, vinculadas a la acogida y a la solidaridad humana— en el gran valor que representan los emigrantes precisamente por su aportación al mundo del trabajo en los países a los que llegan. Desmontada la acusación de sustracción de trabajo a los residentes —los emigrantes, en realidad, han ido a cubrir funciones a menudo rechazadas o consideradas degradantes—, poco a poco se ha planteado la acusación de la falta de cualificación profesional. Y ahora las proyecciones hablan de futuras necesidades de personal especializado, sobre todo en consideración del declive demográfico que en Europa no da señales de disminución.

Por tanto, no era vano el continuo llamamiento de la Iglesia a observar los movimientos migratorios desde una óptica positiva, sobre todo como factor de un enriquecimiento recíproco entre los pueblos. Lo subrayó el escalabriniano Gabriele Bentoglio, subsecretario del Consejo pontificio para la pastoral de los emigrantes e itinerantes, cuando durante estos últimos días intervino en el curso de formación «Líneas de pastoral migratoria» promovido por la fundación «Migrantes» de la Conferencia episcopal italiana. El religioso puso en evidencia precisamente los constantes llamamientos de la Iglesia en este sentido, refiriéndose en particular a la Instrucción Erga migrantes caritas Christi, proponiendo de ella una relectura actual y a la luz de las enseñanzas de Benedicto XVI. Entre los asistentes estaban los directores regionales y diocesanos de «Migrantes» y sus colaboradores, los capellanes étnicos que desempeñan su ministerio en las diversas diócesis italianas, religiosos, religiosas, laicos comprometidos en el voluntariado, misioneros para los italianos en el extranjero, seminaristas y juniores.

Mario Ponzi