Ángelus, 6 de noviembre de 2016

PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo 6 de noviembre de 2016

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Pocos días después de la solemnidad de Todos los Santos y de la conmemoración de los fieles difuntos, la Liturgia de este domingo nos invita, una vez más, a reflexionar sobre el misterio de la resurrección de los muertos. El Evangelio (cf. Lc 20, 27-38) presenta a Jesús confrontándose con algunos saduceos, que no creían en la resurrección y concebían la relación con Dios sólo en la dimensión de la vida terrenal. Entonces, para ridiculizar la resurrección y poner a Jesús en una situación difícil, le presentan un caso paradójico y absurdo: una mujer que ha tenido siete maridos, todos hermanos entre ellos, los cuales, uno detrás de otro, han muerto. Y he aquí entonces la pregunta maliciosa dirigida a Jesús: Esa mujer, en la resurrección, ¿de quién será mujer? (v. 33).

Jesús no cae en la trampa y reafirma la verdad de la resurrección, explicando que la existencia después de la muerte será distinta de la de la tierra. Él hace entender a sus interlocutores que no es posible aplicar las categorías de este mundo a las realidades que van más allá y que son más grandes de lo que vemos en esta vida.

En efecto, dice: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido» (vv. 34-35). Con estas palabras, Jesús pretende explicar que en este mundo vivimos de realidades provisionales, que terminan; en cambio, en el más allá, después de la resurrección, ya no tendremos la muerte como horizonte y viviremos todo, también las relaciones humanas, en la dimensión de Dios, de manera transfigurada. También el matrimonio, signo e instrumento del amor de Dios en este mundo, resplandecerá transformado en luz plena en la comunión gloriosa de los santos en el Paraíso.

Los «hijos del cielo y de la resurrección» no son unos pocos privilegiados, sino que son todos los hombres y todas las mujeres, porque la salvación traída por Jesús es para cada uno de nosotros. Y la vida de los resucitados será parecida a la de los ángeles (cf. v. 36), es decir, toda inmersa en la luz de Dios, toda dedicada a su alabanza, en una eternidad llena de alegría y de paz. ¡Pero cuidado! La resurrección no es sólo el hecho de resurgir después de la muerte, sino que es una nueva clase de vida que ya experimentamos hoy; es la victoria sobre la nada que ya podemos pregustar. ¡La resurrección es el fundamento de la fe y de la esperanza cristiana! Si no hubiera referencia al Paraíso y a la vida eterna, el cristianismo se reduciría a una ética, a una filosofía de vida. En cambio, el mensaje de la fe cristiana viene del cielo, es revelado por Dios y va más allá de este mundo. Creer en la resurrección es esencial, para que cada acto de nuestro de amor cristiano no sea efímero y sin más utilidad, sino que se convierta en una semilla destinada a florecer en el jardín de Dios, y producir frutos de vida eterna.

Que la Virgen María, Reina del cielo y de la tierra, nos confirme en la esperanza de la resurrección y nos ayude a hacer fructificar en obras buenas la palabra de su Hijo sembrada en nuestros corazones.

Después del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión del Jubileo de hoy de los reclusos, querría hacer un llamamiento en favor de la mejora de las condiciones de vida en las cárceles de todo el mundo, para que sea respetada plenamente la dignidad humana de los detenidos. Además, deseo reiterar la importancia de reflexionar sobre la necesidad de una justicia penal que no sea exclusivamente punitiva, sino que esté abierta a la esperanza y la perspectiva de reinsertar al reo en la sociedad. De manera especial, someto a la consideración de las autoridades civiles competentes de cada país la posibilidad de realizar, este Año Santo de la Misericordia, un acto de clemencia en favor de los presos que se consideren idóneos para que se beneficien de tal disposición.

Hace dos días entró en vigor el Acuerdo de París sobre el clima del Planeta. Este importante paso adelante demuestra que la humanidad tiene la capacidad de colaborar para salvaguardar lo creado (cf. Laudato si’, 13), para poner la economía al servicio de las personas y para construir la paz y la justicia. Mañana, además, comenzará en Marrakech, Marruecos, una nueva sesión de la Conferencia sobre el clima, cuyo objetivo es, entre otras cosas, la aplicación de tal Acuerdo. Deseo que todo este proceso sea guiado por la conciencia de nuestra responsabilidad ante el cuidado de la casa común.

Ayer en Escútari, Albania, fueron proclamados beatos treinta y ocho mártires: dos obispos, numerosos sacerdotes y religiosos, un seminarista y también algunos laicos, víctimas de la durísima persecución del régimen ateo que dominó durante mucho tiempo ese País durante el siglo pasado. Ellos prefirieron padecer la cárcel, las torturas y por último la muerte, con tal de ser fieles a Cristo y a la Iglesia. Que su ejemplo nos ayude a encontrar en el Señor la fuerza que nos sostiene en los momentos de dificultad y que nos inspira comportamientos de bondad, perdón y paz.

Os saludo a todos vosotros, peregrinos, llegados de diferentes países: a las familias, a los grupos parroquiales y a las asociaciones. Especialmente, saludo a los fieles de Sidney y de San Sebastián de los Reyes, al Centro Académico Romano Fundación, y a la comunidad católica venezolana de Italia; como también a los grupos de Adria-Rovigo, Mendrisio, Roccadaspide, Nova Siri, Pomigliano D’Arco y Picerno.

A todos os deseo un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!