A los participantes en un encuentro organizado por la Comisión Caridad y Salud de la Conferencia Episcopal Italiana (10 de febrero 2017)

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN UN ENCUENTRO ORGANIZADO
POR LA COMISIÓN CARIDAD Y SALUD
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA

Sala Clementina
Viernes 10 de febrero de 2017

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Queridos hermanos y hermanas,

os doy mi cordial bienvenida. Doy las gracias al cardenal Montenegro por su introducción y saludo a los obispos presentes, la Consulta Nacional, los Directores de las Oficinas diocesanas y sus colaboradores, venidos con ocasión de los 25 años de la Jornada Mundial del Enfermo y el vigésimo aniversario de la Oficina Nacional para la Pastoral de la Salud.

Damos gracias al Señor por el camino realizado en este tiempo, por lo que ha se hecho en beneficio de un cuidado integral de los enfermos y por la generosidad de muchos hombres y mujeres que han acogido la invitación de Jesús de visitarlo en la persona de los enfermos (cf. Mateo 25, 36). Han sido años marcados por fuertes cambios sociales y culturales, y hoy podemos ver una situación con luces y sombras. Ciertamente, la investigación científica ha progresado y estamos agradecidos por los valiosos resultados obtenidos para curar, si no para derrotar, algunas patologías. Deseo que se garantice el mismo esfuerzo con las enfermedades raras y olvidadas, a las que no siempre se presta la debida atención, con el riesgo de dar lugar a nuevos sufrimientos. Alabamos también al Señor por los muchos profesionales de la salud que viven su trabajo como una misión, ministros de la vida y partícipes del amor efusivo de Dios creador; sus manos tocan todos los días la carne que sufre de Cristo, esto es un gran honor y una gran responsabilidad. Así también nos alegramos por la presencia de muchos voluntarios que, con generosidad y competencia, trabajan para aliviar y humanizar las largas y difíciles jornadas de muchos enfermos y ancianos solos, sobre todo pobres e indigentes. Y aquí me detengo para dar las gracias por el testimonio del voluntariado en Italia. Para mí ha sido una sorpresa. ¡Nunca habría pensado encontrar algo así! Hay muchos voluntarios que trabajan en este sector, convencidos. Y esto es obra de los párrocos, de los grandes párrocos italianos, que han sabido luchar en este campo. Para mí ha sido una sorpresa y doy las gracias a Dios por ello.

Junto con las luces, sin embargo, hay algunas sombras que amenazan con empeorar la experiencia de nuestros hermanos y hermanas enfermos. Si hay un sector donde la cultura del descarte muestra con evidencia sus consecuencias dolorosas es el sanitario. Cuando la persona enferma no ocupa el centro y no se considera su dignidad, se engendran actitudes que pueden conducir incluso a especular sobre las desgracias de los demás. ¡Y esto es muy grave! Es necesario estar alerta, especialmente cuando los pacientes son de edad avanzada, con una salud muy comprometida, si sufren de patologías graves y costosas para su cuidado o son particularmente difíciles, como los pacientes psiquiátricos. El modelo empresarial en ámbito sanitario, si se adopta de forma indiscriminada, en vez de optimizar los recursos disponibles corre el riesgo de producir descartes humanos. Optimizar los recursos significa usarlos de manera ética y solidaria y no penalizar a los más frágiles.

En primer lugar está la inviolable dignidad de toda persona humana desde el momento de su concepción hasta su último aliento (Mensaje para la XXV Jornada Mundial del Enfermo 2017, 8 de diciembre de 2016). Que no sea solo el dinero el que oriente las decisiones políticas y administrativas, llamadas a salvaguardar el derecho a la salud sancionado en la Constitución italiana, ni tampoco las opciones de los que dirigen los lugares de cuidado. La creciente pobreza sanitaria entre los segmentos más pobres de la población, debida precisamente a la dificultad de acceso a las curas, no deje a nadie indiferente y se multipliquen los esfuerzos de todos para que se protejan los derechos de los más débiles.

La historia de la Iglesia italiana conoce muchas “posadas del Buen Samaritano” donde los que sufren han recibido el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. Pienso, en particular, en las numerosas instituciones sanitarias de inspiración cristiana. Mientras expreso a los representantes aquí presentes mi aprecio por el bien realizado, animo a llevar adelante la fantasía de la caridad de los fundadores. En el contexto actual, donde la respuesta a la cuestión de la salud de los más frágiles se hace cada vez más difícil, no dudéis en replantearos vuestras obras de caridad para ofrecer un signo de la misericordia de Dios a los pobres que, con confianza y esperanza, llaman a las puertas de vuestras estructuras.

Entre los objetivos que san Juan Pablo II dio a la Jornada Mundial del Enfermo, además de promover la cultura de la vida, está también el «de involucrar a las diócesis, a las comunidades cristianas, a las familias religiosas sobre la importancia de la pastoral sanitaria» (Carta al Card. Angelini para la institución de la J. M. del Enfermo, 13 de mayo de 1992, 2). Muchos enfermos están en los hospitales, pero muchos más en las casas, cada vez más solos. Espero que sean visitados con frecuencia para que no se sientan excluidos de la comunidad y puedan experimentar, gracias a la cercanía de quienes los encuentran, la presencia de Cristo que pasa hoy en día en medio de los enfermos de cuerpo y espíritu. Lamentablemente «la peor discriminación que sufren los pobres —y los enfermos son pobres de salud— es la falta de atención espiritual. […] Necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe». (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 200).

Las personas enfermas son miembros preciosos de la Iglesia. Que con la gracia de Dios y la intercesión de María, Salud de los enfermos, puedan llegar a ser fuerte en la debilidad (cf. 2 Corintios 12,10), y «recibir la gracia para completar lo que falta en nosotros de los sufrimientos de Cristo, en favor de Iglesia, su cuerpo (cf. Colosenses 1, 24); un cuerpo que, a imagen de aquel del Señor resucitado, conserva las heridas, signo del duro combate, pero son heridas transfiguradas para siempre por el amor» (Homilía para el Jubileo de las personas enfermas y discapacitadas, 12 de junio de 2016). ¡Gracias!