A los miembros de la Comisión parlamentaria antimafia de Italia (21 de sepiembre de 2017)

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MIEMBROS DE LA COMISIÓN PARLAMENTARIA ANTIMAFIA

Sala Clementina
Jueves, 21 de septiembre de 2017

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Honorables Diputados y Senadores:

Me complace recibirles y doy las gracias a la Presidenta de la Comisión, la honorable Bindi, por sus amables palabras.

En primer lugar, quiero pensar en todas las personas que en Italia han pagado con la vida su lucha contra las mafias. Recuerdo, en particular, a tres magistrados: el siervo de Dios Rosario Livatino, asesinado el 21 de septiembre de 1990; Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, asesinados hace 25 años junto con sus escoltas.

Mientras preparaba este encuentro, me venían en mente algunas escenas evangélicas en las que no nos costaría trabajo reconocer los signos de la crisis moral que atraviesan hoy personas e instituciones. Es siempre actual la verdad de las palabras de Jesús: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas esas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre» (Mc 7, 20-23).

El punto de partida sigue siendo siempre el corazón del hombre, sus relaciones, sus apegos. Nunca vigilaremos lo suficiente ese abismo donde la persona está expuesta a las tentaciones del oportunismo, el engaño y el fraude, que se vuelven más peligrosas por el rechazo a ponerse en discusión. Cuando uno se encierra en la autosuficiencia se llega fácilmente a la autocomplacencia, a la pretensión de convertirte en la norma de todo y de todos. Prueba de ello es una política desviada, doblegada a intereses partidarios y acuerdos poco claros. Se llega entonces a sofocar la llamada de la conciencia, a banalizar el mal, a confundir la verdad con el engaño y a aprovecharse del papel de responsabilidad pública que se desempeña.

La política auténtica, esa que reconocemos como una forma eminente de caridad, obra en cambio para asegurar un futuro de esperanza y promover la dignidad de cada uno. Precisamente por esto siente la lucha contra las mafias como una prioridad, puesto que ellas roban el bien común, arrebatando esperanza y dignidad a las personas.

Para ese fin, se hace decisivo oponerse absolutamente al grave problema de la corrupción, que despreciando el interés general, representa el terreno fértil en el que las mafias se arraigan y desarrollan. La corrupción encuentra siempre la manera de justificarse, presentándose como la condición «normal», la solución del que es «listo», el camino a recorrer para lograr los objetivos propios. Tiene una naturaleza contagiosa y parasitaria, porque no se nutre de lo bueno que produce, sino de lo que substrae y roba. Es una raíz venenosa que altera la competencia sana y aleja las inversiones. En el fondo, la corrupción es un habitus construido sobre la idolatría del dinero y la mercantilización de la dignidad humana por lo que se debe combatir con medidas no menos incisivas que las previstas en la lucha contra las mafias.

Luchar contra las mafias no significa solamente reprimir. También significa sanear, transformar, construir, y esto comporta un compromiso en dos niveles. El primero es el político, a través de una mayor justicia social, porque para las mafias es fácil proponerse como sistema alternativo en un territorio donde faltan los derechos y las oportunidades: el trabajo, la vivienda, la educación y la asistencia sanitaria.

El segundo nivel de compromiso es el económico, a través de la corrección o supresión de aquellos mecanismos que generan en todas partes la desigualdad y la pobreza. Hoy ya no podemos hablar de lucha contra las mafias sin plantear el enorme problema de una finanza ya soberana sobre las reglas democráticas a través de la cual las organizaciones criminales invierten y multiplican los ya ingentes beneficios obtenidos con sus tráficos: drogas, armas, trata de personas, eliminación de residuos tóxicos, condicionamiento de las contratas para las grandes obras, juego de azar y criminalidad organizada.

Este doble nivel, político y económico, presupone otro no menos esencial, que es la construcción de una nueva conciencia civil, la única que puede conducir a una verdadera liberación de las mafias. Realmente es necesario educar y educarse en una vigilancia constante sobre uno mismo y el contexto en que se vive, mejorando la percepción más precisa de los fenómenos de corrupción y trabajando por un nuevo modo de ser ciudadanos, que comprenda el cuidado y la responsabilidad de los demás y del bien común.

Italia debe estar orgullosa de haber puesto en marcha contra la mafia una legislación que involucra al Estado y a los ciudadanos, a las administraciones y a las asociaciones, al mundo laico y al católico y religioso en el sentido más amplio. Los bienes confiscados a las mafias y reconvertidos para un uso social representan, en este sentido, verdaderas escuelas de vida. En tales contextos, los jóvenes estudian, aprenden saberes y responsabilidades, encuentran un trabajo y una realización. En ellos tantas personas ancianas, pobres o en desventaja encuentran acogida, servicio y dignidad.

Por último, no se puede olvidar que la lucha contra las mafias pasa a través de la protección y valorización de los testigos de justicia, personas que se exponen a riesgos graves cuando eligen denunciar la violencia de la que fueron testigos. Se debe encontrar una vía que permita a una persona limpia, pero perteneciente a familias o contextos de la mafia, salir de ellos sin ser objeto de venganzas y represalias. Son muchas las mujeres, especialmente las madres, que tratan de hacerlo, rechazando la lógica criminal y con el deseo de asegurar a sus hijos un futuro diferente. Debemos ser capaces de ayudarlas respetando, indudablemente, los caminos de la justicia, pero también su dignidad de personas que eligen el bien y la vida.

Exhortándoos, queridos hermanos y hermanas, a proseguir con entrega y sentido del deber la tarea que se os ha confiado por el bien de todos, invoco sobre vosotros la bendición de Dios. Que os conforte la certeza de estar acompañados por aquel que es rico en misericordia. Y con la certeza de que Él no soporta ni violencias ni abusos os haga incansables operadores de justicia. Gracias.