A los miembros de la Asociación italiana de operadores de espectáculos itinerantes (ANESV) (15 de septiembre de 2017)

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACIÓN ITALIANA DE
OPERADORES DE ESPECTÁCULOS AMBULANTES (ANESV)

Sala Clementina
Viernes, 15 de septiembre de 2017

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Queridos hermanos y hermanas:

Os doy mi cordial bienvenida a vosotros, que pertenecéis al mundo del espectáculo itinerante, aquí representados por vuestra Asociación Nacional (ANESV), y agradezco al Presidente por sus amables palabras. Extiendo mi saludo a vuestros familiares y colegas que no han podido estar presentes, con un pensamiento especial para los niños, los ancianos y los enfermos.

Sé que la vida del trabajo itinerante no es una vida fácil. Conozco las dificultades que afrontáis con vuestras familias, en vuestro constante ir de lugar a otro. Se trata de dificultades para recuperar las plazas de las ferias; para encontrar espacios adecuados a vuestras caravanas, teniendo que permanecer a veces fuera de la ciudad; para deteneros en comunidades que no siempre aprecian el valor social de este tipo de espectáculo. No os desaniméis, continuad vuestro camino, para que nuestras ciudades y nuestros pueblos no pierdan esta belleza peculiar a través de vuestra presencia, de vuestro arte, de vuestra alegría.

El vuestro es un camino que, gracias a Dios, está iluminado por la fe, una fe que vivís especialmente en familia, y esto es muy importante: la familia en camino con Dios, animada por la confianza en la Providencia. Una fe que encuentra también en las diversas parroquias por las que pasáis los lugares de referencia para el descanso espiritual: para participar en la eucaristía, la preparación y la celebración de los sacramentos, para un consejo y una ayuda fraternal de la comunidad. Por eso, espero que entre vuestras comunidades itinerantes y las comunidades parroquiales haya siempre apertura, encuentro, deseo de conocer y compartir momentos de vida y de oración.

En mi encuentro con el mundo del espectáculo itinerante, en junio del año pasado, destaqué que sois «artesanos de la fiesta de la maravilla y artesanos de la belleza, [...] llamados a cultivar sentimientos de esperanza y confianza». Es cierto: la vuestra es una belleza «artesanal», diferente a la producida por las grandes potencias de la diversión, que resulta  algo «fría», poco humana.

Os confieso que prefiero la vuestra, que tiene un aroma de asombro y encanto y que, sin embargo, es el resultado de horas y horas de duro trabajo.

Un carrusel no termina nunca de maravillar, genera una alegría dulce en los niños y en los mayores. También los mayores reencuentran la alegría de la infancia allí; vuelven a ser niños y crecen al volver a las raíces del recuerdo de la infancia. Efectivamente, la vocación de vuestra vida y de vuestro trabajo es la alegría. Creo que, si nos remontamos al origen de cada uno de vuestros espectáculos, de vuestras “caravanas”, siempre encontramos a alguien —un abuelo, una abuela, un bisabuelo...— que se apasionó con este tipo de espectáculo, sintió una vocación alegre, y por ella también estuvo dispuesto a hacer grandes sacrificios. Es una vocación que se convierte de inmediato en una misión: la misión de ofrecer a la gente, a los niños, pero también a los adultos y a los ancianos, la oportunidad de una diversión sana y limpia. Es diversión sana y limpia, sin necesidad de ir «abajo» a buscar material para que la gente se divierta. Diversión sana y limpia. Y dentro de esta vocación , de esta misión, ¿cómo puede no estar la mano de Dios? Dios nos ama y quiere que seamos felices. En cualquier sitio que haya una alegría simple y limpia, está su huella. Por eso, si sabéis conservar estos valores, esta autenticidad y sencillez, sois mensajeros de la alegría que agrada a Dios, y que procede de Él.

Queridos hermanos y hermanas, os encomiendo a todos a la protección materna de nuestra Madre María.

Que Ella os acompañe siempre en vuestro ir y en vuestro detenerse. Os bendigo a todos, a vuestros seres queridos y a vuestro trabajo.

Y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.