A la comunidad del Pontificio Colegio Pío Brasileño de Roma (21 de octubre de 2017)

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA COMUNIDAD DEL PONTIFICIO COLEGIO PÍO-BRASILEÑO DE ROMA

Sala del Consistorio
Sábado, 21 de octubre de 2017

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Eminencias,
Excelencias,
queridos hermanos y hermanas:

Os recibo hoy, con motivo del tricentésimo aniversario del hallazgo de la venerada imagen de Nuestra Señora de Aparecida. Agradezco al cardenal Sergio da Rocha las palabras que me ha dirigido en nombre de toda la comunidad sacerdotal del Colegio Pontificio Pío Brasileño, así como a las religiosas y empleados que trabajan juntos para hacer de esta casa «un pedacito de Brasil en Roma».

¡Qué importante es sentirse en un ambiente acogedor siempre que estamos lejos de nuestra tierra y somos presa de la nostalgia, de la saudade! Un entorno así también ayuda a superar las dificultades de adaptación a una situación en la que la actividad pastoral ya no es el centro de la jornada. Ahora ya no sois párrocos o vicarios parroquiales, sino sacerdotes estudiantes. Y esta nueva condición puede traer el peligro de crear un desequilibrio entre los cuatro pilares que sostienen la vida de un sacerdote: la dimensión espiritual, la dimensión académica, la dimensión humana y la dimensión pastoral. Naturalmente, en este período particular de vuestra vida, la dimensión académica es la más acentuada. Sin embargo, esto no puede comportar el descuido de las otras dimensiones. Es necesario cuidar la vida espiritual: la misa diaria, la oración diaria, la lectio divina, el encuentro personal con el Señor, el rezo del rosario. También hay que cuidar la dimensión pastoral: según las posibilidades, es saludable y aconsejable llevar a cabo alguna actividad apostólica. Y con respecto a la dimensión humana, es necesario evitar sobre todo que, frente a un vacío generado por la soledad —porque ahora disfrutáis menos del consuelo del pueblo de Dios que cuando estábais en la diócesis—, se pierda la perspectiva eclesial y misionera de los estudios. El descuido de estas dimensiones abre la puerta a algunas «enfermedades» que pueden atacar al sacerdote estudiante, como por ejemplo el «academismo» y la tentación de hacer que los estudios sean simplemente un medio de afirmación personal. En ambos casos, se acaba sofocando la fe que tenemos la misión de custodiar, como san Pablo pedía a Timoteo: «Guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; algunos, que la profesaban, se han apartado de la fe» (1 Timoteo 6, 20-21). ¡No olvidéis por favor, que antes de ser maestros y doctores, sois y debéis seguir siendo sacerdotes, pastores del Pueblo de Dios! Pero, ¿cómo es posible entonces mantener el equilibrio entre estos cuatro pilares fundamentales de la vida sacerdotal? Yo diría que el remedio más efectivo contra el riesgo de desequilibrio es la fraternidad sacerdotal. Esto no estaba escrito pero quiero decirlo ahora, porque Pablo (en el pasaje citado) habla de los chismorreos: lo que más destruye la fraternidad sacerdotal son los chismes. Chismorrear es un «acto terrorista» porque tú con el chisme tiras una bomba, destruyes al otro y ¡te vas tan tranquilo! Por eso hace falta salvaguardar la fraternidad sacerdotal. Por favor, nada de chismes. Sería bonito poner en la entrada un cartel: «Nada de chismes». Aquí (en el Palacio Apostólico) está la imagen de Nuestra Señora del Silencio, en el ascensor del primer piso; la Virgen que dice: «Nada de chismes». Este es el mensaje para la Curia. Haced algo parecido para vosotros.

De hecho, la nueva Ratio Fundamentalis para la formación sacerdotal, al abordar el tema de la formación permanente, afirma que «el primer ámbito en el que se desarrolla la formación permanente es la fraternidad presbiteral» (n. 82). Esta es, por lo tanto, de alguna manera, el pilar fundamental de la formación permanente. Y esto se basa en el hecho de que, a través de la ordenación sacerdotal, participamos en el único sacerdocio de Cristo y formamos una verdadera familia. La gracia del sacramento asume y eleva nuestras relaciones humanas, psicológicas y afectivas y «se revela y se concreta en las formas más variadas de ayuda mutua, no sólo espirituales sino también materiales» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsin. Pastores dabo vobis, 74).En la práctica, esto significa saber que el primer objeto de nuestra caridad pastoral debe ser nuestro hermano en el sacerdocio —es el primer prójimo que tenemos—: «Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas —nos exhorta el Apóstol— y cumplid así la ley de Cristo» (Gálatas 6, 2). Rezar juntos, compartir las alegrías y los desafíos de la vida académica; hacer fiesta, beber una cachacinha... Todo eso está muy bien, muy bien; ayudar a los que tienen más nostalgia: salir juntos a dar un paseo; vivir como una familia, como hermanos, sin dejar a nadie aparte, incluidos los que están en crisis o hayan tenido quizás actitudes censurables, porque «la fraternidad presbiteral no excluye a nadie» (Pastores dabo vobis, 74).

Queridos sacerdotes, al Pueblo de Dios le gusta ver y necesita ver que sus sacerdotes se quieren y viven como hermanos; y esto es aún más cierto pensando en Brasil y en los desafíos tanto religiosos como sociales que os esperan al regreso. Efectivamente, en este momento difícil de vuestra historia nacional, cuando tantas personas parecen haber perdido la esperanza en un futuro mejor debido a los enormes problemas sociales y a la corrupción escandalosa, Brasil necesita que sus sacerdotes sean un signo de esperanza. Los brasileños necesitan ver un clero unido, fraterno y solidario, en el que los sacerdotes se enfrenten juntos a los obstáculos, sin ceder a las tentaciones del protagonismo o del hacer carrera. ¡Tened cuidado con esto! Estoy seguro de que Brasil superará su crisis y confío en que vosotros seréis, en este sentido, protagonistas. Para ello, contáis siempre con una ayuda especial: la ayuda de nuestra Madre del Cielo, que vosotros, los brasileños, llamáis Nuestra Señora de Aparecida. Me acuerdo de las palabras de esa canción con que la saludáis: «Virgen santa, Virgen bella; Madre amable, Madre querida; ampáranos, ayúdanos, oh Señora de Aparecida» («Virgem santa, Virgem bela; Mãe Amável, Mae querida; Amparai-nos, socorrei-nos; Ó Senhora Aparecida»). Puedan estas palabras confirmarse en cada una de vuestras vidas. Quiera la Virgen María, con su apoyo y su auxilio, ayudaros a vivir la fraternidad sacerdotal, haciendo que vuestro periodo de estudios en Roma produzca frutos abundantes, además del título académico.

Que la Reina del Colegio Pío Brasileño os ayude para que esta comunidad sea una escuela de fraternidad, haciendo de cada uno de vosotros levadura de unidad dentro de las respectivas diócesis, ya que la diocesanidad de un sacerdote secular se alimenta directamente de la experiencia de fraternidad entre los presbíteros. Para confirmar estos deseos, imparto de corazón a la dirección, a los estudiantes, a las religiosas y a los empleados, a todos, junto a todos vuestros familiares mi bendición apostólica, y os pido que, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Gracias!