A la Comunidad de Capodarco (25 de febrero de 2017)

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA COMUNIDAD DE CAPODARCO

Aula Pablo VI
Sábado 25 de febrero de 2017

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy muy feliz por este encuentro y feliz por lo que he oído, muy feliz, y os saludo a todos con afecto. Agradezco de corazón a don Franco Monterubbianesi, fundador de vuestra comunidad, y a don Vinicio Albanesi, actual presidente, sus palabras; y os doy las gracias a vosotros que habéis regalado vuestros testimonios.

La comunidad de Capodarco, articulada en numerosas realidades locales, el año pasado ha celebrado su 50˚ aniversario. Con vosotros, doy las gracias al Señor por el bien realizado durante estos años al servicio de las personas discapacitadas, de los menores, de todos los que viven situaciones de dependencia y dificultad, y de sus familias. Vosotros habéis elegido estar de parte de estas personas menos tuteladas, para ofrecerles acogida, apoyo y esperanza, en una dinámica de compartir. De esta manera habéis contribuido y contribuís a hacer mejor la sociedad.

La calidad de la vida dentro de una sociedad se mide, en buena parte, por la capacidad de incluir a los que son más débiles y necesitados, dentro del respeto efectivo de su dignidad como hombres y mujeres. Y la madurez se alcanza cuando tal inclusión no es percibida como algo extraordinario, sino como algo normal. También la persona con discapacidades y fragilidades físicas, psíquicas o morales, debe poder participar en la vida de la sociedad y ser ayudada a aplicar sus potencialidades en varias dimensiones dimensiones. Solamente si vienen reconocidos los derechos de los más débiles, una sociedad puede decir que está fundada sobre el derecho y sobre la justicia. Una sociedad que diese espacio solo a las personas plenamente funcionales, del todo autónomas e independientes no sería una sociedad digna del hombre. La discriminación con base en la eficiencia no es menos deplorable de la cumplida con base en la raza o al censo o a la religión.

Durante estas décadas, vuestra comunidad se ha puesto a la escucha atenta y amorosa de la vida de las personas, esforzándose en responder a los necesitados de cada uno teniendo en cuenta sus capacidades y sus límites. Esta vuestra cercanía a los más débiles supera la actitud de piedad y de asistencia, para favorecer el protagonismo de la persona con dificultades en un contexto comunitario no cerrado en sí mismo sino abierto a la sociedad. Os animo a proseguir por este camino, que ve en primer plano la acción personal y directa de los mismos discapacitados. Frente a los problemas económicos y las consecuencias negativas de la globalización, vuestra comunidad intenta ayudar a cuantos se encuentran a prueba para que no se sientan excluidos o marginados, sino que por el contrario, caminen en primera línea, llevando el testimonio de la experiencia personal. Se trata de promover la dignidad y el respeto de todo individuo, haciendo sentir a los “derrotados de la vida” la ternura de Dios, Padre amoroso de cada criatura. Quiero agradecer una vez más el testimonio que dais a la sociedad, ayudándola a descubrir cada vez más la dignidad de todos, a partir de los últimos, de los más desaventajados. Las instituciones, las asociaciones y las distintas agencias de promoción social están llamadas a favorecer la efectiva inclusión de estas personas. Vosotros trabajáis con este fin con generosidad y competencia, con la ayuda valiente de familias y voluntarios, que nos recuerdan el significado y el valor de cada existencia. Acogiendo a todos estos “pequeños” marcados por impedimentos mentales o físicos, o por heridas del alma, vosotros reconocéis en ellos a los testimonios particulares de la ternura de Dios, de los cuales tenemos mucho que aprender y que tienen un lugar privilegiado también en la Iglesia. De hecho, su participación en la comunidad eclesial abre la vía a las relaciones simples y fraternales, y su oración filial y espontánea nos invita a todos a dirigirnos a nuestro Padre celestial.

Vuestra asociación tuvo origen en las peregrinaciones a los santuarios de Lourdes y de Loreto, en los cuales don Franco intuyó la manera de poder valorizar los recursos humanos y espirituales inherentes a cada persona diversamente hábil. En vuestra actividad tan preciosa para la Iglesia y para la sociedad, la Virgen Madre os ha acompañado y continúa haciéndolo, ayudándoos a encontrar, cada vez, nuevas energías y a conservar siempre el estilo del Evangelio, la ternura, el primor, la cercanía, y también el valor, el espíritu de sacrificio, porque no es fácil trabajar en el campo de la dificultad personal y social.

Queridos hermanos y hermanas, os agradezco una vez más vuestra visita. Os bendigo y os acompaño con la oración, para que vuestras comunidades continúen caminando con alegría y con esperanza. Y también vosotros, por favor, rezad por mí.

¡Gracias!

Y os invito a rezar a nuestra Madre, la que da la fuerza a las mamás, a las mujeres, a vosotros, a todos nosotros que trabajamos. [Ave María]